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El pecado de la Iglesia ha sido unir sexo y pecado

Estos días leo en Twitter comentarios a una entrevista publicada en El País. El titular del periódico es “El pecado de la Iglesia ha sido unir sexo y pecado”. Me parece que, aparte de que el titular busque provocar el interés del lector, resume una confusión muy extendida fuera de la Iglesia Católica, pero también dentro.

En muchas personas que se declaran católicas se produce una fractura y un alejamiento de la Iglesia en las cuestiones relativas a la sexualidad y la afectividad: dicen encontrarse lejos de ella porque no comparten su doctrina sobre el amor humano. Y otros católicos, que quieren vivir sus relaciones amorosas en fidelidad al Magisterio, lo viven con ansiedad y escrúpulo intentando cumplir unas leyes de las que no entienden su fundamento.

¿La Iglesia Católica considera el sexo como algo malo?

Sin embargo, la Iglesia Católica no considera el sexo como algo malo. Toda la primera parte de “Deus caritas est”, primera encíclica de Benedicto XVI, se dedica a desmontar esta acusación que se ha hecho a la Iglesia de convertir “en amargo lo más hermoso de la vida” (Deus caritas est, 3). Y el papa Francisco, con citas de sus predecesores, afirma: “Dios mismo creó la sexualidad, que es un regalo maravilloso para sus creaturas… San Juan Pablo II rechazó que la enseñanza de la Iglesia lleve a « una negación del valor del sexo humano », o que simplemente lo tolere «por la necesidad misma de la procreación»” (Amoris Laetitia, 150).

El valor de la sexualidad es enorme, porque el ser humano ha recibido el don de poder amar no sólo de modo espiritual, sino también con gestos corporales: el cuerpo posee la capacidad de expresar el amor. Cada relación de amor se expresa con gestos que transmiten ese amor que vivimos. Pero vivir de forma realmente verdadera este don, no es automático: es una tarea.

¿Castidad = represión?

La Iglesia Católica propone un camino para vivirlo en verdad, para defenderlo de lo que puede tergiversar el auténtico sentido de la sexualidad: a esto se le llama castidad. Muchas veces se ha entendido que castidad equivale a reprimir los afectos y sus manifestaciones corporales o se ha identificado castidad con abstenerse de mantener relaciones; esto no es correcto. La castidad no es reprimir los afectos y sus expresiones corporales, es ordenarlos; todos estamos llamados a vivir en castidad nuestras relaciones afectivas. “Según la visión cristiana, la castidad no significa absolutamente rechazo ni menosprecio de la sexualidad humana: significa más bien energía espiritual que sabe defender el amor de los peligros del egoísmo y de la agresividad, y sabe promoverlo hacia su realización plena.” (Familiaris Consortio, 33). Es decir, vivir castamente la sexualidad significa que el lenguaje del cuerpo sea realmente expresión de amor, y no falsedad, egoísmo, violencia, manipulación del otro o cualquier otro peligro que le prive de su auténtico sentido.

Caricias sinceras y verdaderas

Para que corazón y cuerpo vayan acompasados, es necesario que las manifestaciones de afecto –caricias, besos, abrazos, relación sexual- sean sinceras, que nazcan de un auténtico cariño y no estén “contaminadas” por egoísmos, mero deseo de placer, manipulación del otro… Pero, además de sinceras, deben ser verdaderas. Cada tipo de afecto, cada relación, se expresa a través de gestos distintos. No es lo mismo el beso o abrazo que damos a un amigo que el que damos al novio/a. El mismo gesto (un abrazo) puede expresar cosas distintas. Si a un amigo le damos el beso que expresa un amor de predilección como es el de los novios, ese beso no es verdadero; porque con el cuerpo estás expresando algo (una predilección especial) que no corresponde al amor que hay en tu corazón por esa persona (amistad). Y así hay una división entre la verdad del corazón y la expresión del cuerpo.

El encuentro sexual es un gesto que expresa un amor en el que dos personas se hacen una sola. Este gesto es sincero cuando nace de un deseo de amor hacia la otra persona, y no si surge de la curiosidad, de la búsqueda de placer sin más o de un deseo de nuevas experiencias. Pero, para que sea un gesto verdadero, debe expresar algo más: dos cuerpos se hacen uno de verdad cuando esas dos personas son, de verdad, “una sola carne”. Por eso el encuentro sexual es el gesto del cuerpo que expresa un amor definitivo y comprometido –pleno- en el que cada uno se da del todo y recibo al otro totalmente, como un don. Y así, cuando has dado tu vida entera, entras en el cuerpo y la vida de la otra persona y recibes el cuerpo y la persona del otro y ese gesto de amor expresa la verdad del amor que vives. Un amor de entrega total, es un amor conyugal; de manera que ese gesto del cuerpo que expresa esa entrega total, corresponde a la expresión de un amor matrimonial.

Una relación sexual entre dos personas que no se han entregado mutuamente -“soy tuyo, en todo, para siempre”-, puede ser sincera si surge de un cariño auténtico. Pero no es verdadera, porque el cuerpo está expresando una entrega total que ellos no se han dado.

De esta forma, el cuerpo se está adelantando a manifestar un amor (comprometido) que todavía no viven los amantes, que están en una fase anterior del camino del amor. Así, el lenguaje del cuerpo no expresa la verdad del amor que hay entre ellos, y esto puede hacer daño y provocar heridas. Porque la entrega del cuerpo es entrega de toda la persona, y genera una sensación de pertenencia al otro, que no se corresponde con la realidad que están viviendo. Y porque el lenguaje sexual es una intimidad compartida que, si se vive bien, va acompañada de una intimidad también psicológica y espiritual que no tienes si tu relación sexual no es verdadera.

¿Pecado? 

Por eso la Iglesia propone esperar a tener relaciones sexuales una vez casados; cuando dos personas se han entregado y comprometido en un amor total y definitivo, la relación sexual adquiere todo su sentido, que es expresar ese amor con la donación total de los cuerpos (y, por consiguiente, de las personas). Y avisa de que una relación sexual fuera del matrimonio tergiversa el lenguaje del cuerpo y no es vivir el amor en verdad, enseñando que en esos casos, es pecado. Porque el pecado es un aviso de un bien que hay que proteger:los mandamientos y las normas morales no son limitaciones o imposiciones sin sentido, son un don que nos indica el camino para vivir el amor de verdad.

La Iglesia Católica no dice, en absoluto, que sexualidad, afectos, relaciones sexuales… sean algo malo. Una relación sexual fuera del matrimonio es pecado, no porque el sexo sea malo, sino porque la relación sexual es tan valiosa que, si no se vive bien, hace daño. La Iglesia defiende y enseña que son dones tan valiosos, que hay que cuidarlos y vivirlos en verdad, para vivirlos plenamente.

 

Imagen Canva

Cambio de planes

Una de mis canciones favoritas es “Cambio de planes”, de Los Secretos. No me canso de escucharla, aunque –como muchas de sus canciones- es triste.

Cuando la escucho, siempre pienso en el dolor que provoca la falta de sinceridad en cuestiones de amor. La canción habla de una unión rota; el que canta dice que tiene que aceptar la decisión de la otra parte. Y se acuerda de algo que le decía en broma: “Y recordé su voz bromeando en las tardes / diciéndome qué harás si hay cambio de planes”

Me puedo estar montando una película, porque no sé exactamente qué tenía en la cabeza el autor al escribir la letra. Pero, para mí, explica una ruptura que una de las partes no se esperaba en absoluto (el que canta) y tiene que asimilar y aceptar. La otra parte, sí se reservaba esa posibilidad de romper, aunque lo había expresado de una manera que parecía una broma: “Y recordé su voz bromeando en las tardes / diciéndome qué harás si hay cambio de planes”

Mensaje no compartido

Cada uno ha actuado conforme a lo que quería de esta relación: una parte la consideraba como definitiva, o al menos, estable; la otra, que podía darse un cambio de planes que se concreta en romper. Tal vez no lo dijo de forma clara, sólo lo insinuó; o tal vez el que lo oía no quería admitir que el comentario iba en serio. En cualquier caso, el mensaje (podría darse una ruptura) no era compartido por las dos partes. Por eso ahora, el que creía vivir una relación estable sufre y tiene que aceptar, con dolor, ese cambio de planes; la otra parte, probablemente, no vive ese sufrimiento. Porque ha actuado en coherencia con lo que se planteaba y esperaba de su relación.

¿Qué queremos, de verdad?

Lo que quiero destacar es que, durante el noviazgo, hay que decidir qué tipo de relación se quiere vivir.  Lo que va a surgir entre ambos es lo que los dos queramos de verdad. Si uno de los dos quiere vivir este amor matrimonialmente pero el otro quiere vivirlo de otra forma (p.ej., no para siempre), no coinciden ambas voluntades. Y esto va a ser fuente de enorme sufrimiento, porque cada uno esperará de su relación cosas distintas: uno, una vida juntos en un amor para siempre; otro, un amor temporal.

Sin sinceridad no hay amor de verdad

Para evitarlo, es imprescindible la sinceridad al hablar de qué tipo de relación queremos construir juntos.Elegir los elementos fundantes de la relación depende de nosotros: ¿queremos vivir nuestro amor matrimonialmente, es decir, nos entregamos en una relación de amor definitiva, fiel y fecunda, que esto es el matrimonio natural? ¿O queremos otro tipo de relación, con otros elementos menos comprometidos? Hay que decir lo que uno quiere de verdad; y ,una vez decididos, la relación que establecemos no puede cambiar en sus elementos esenciales si no es para crecer. Si lo que falla son los principios, las raíces, entonces el sufrimiento va a ser muy grande porque falla la unión que hemos elegido.

El resto de situaciones de nuestra vida en común no dependen de nosotros de la misma manera (p. ej. podemos querer una familia numerosa y los hijos no vienen). Y, aunque también es necesario en el noviazgo hablar mucho de lo que nos gustaría para nuestro proyecto familiar , si estamos de acuerdo en lo fundamental seremos capaces de adaptarnos, juntos, a las circunstancias que faciliten o impidan que se cumplan nuestros planes.

La diferencia es que este “cambio de planes” no se hace cada  uno por su lado, sino unidos; y no rompe la relación, sino que la refuerza y consolida, porque en lo esencial –nos queremos, pase lo que pase- estamos de acuerdo.

 

‘Cambio de planes’

Hoy empecé a andar y sin fijarme
no sé cómo llegué frente a su calle,
pero al notar mi error, al girarme,
miré hacia atrás, sin querer, y vi su imagen.

Y recordé su voz bromeando en las tardes
diciéndome que harás si hay cambio de planes.
Hoy empecé a guardar todas sus cartas,
las fotos que encontré y algunas lágrimas,
pero al tratar de juntar en una caja
todo lo que me dejó olvidé cerrarla.

Y a veces sin querer, cuando todo está en calma
la sombra del dolor asoma su cara.

Y volveré a sentir la oscuridad, a beber la soledad.
Hoy tengo que dejar su castillo en el aire,
pisar el suelo, aceptar un cambio de planes.

 

 

Veto para contraer nuevo matrimonio

En la sentencia que declara la nulidad de un matrimonio, en ocasiones podemos encontrar que se impone a alguna de las partes —o a las dos— un veto (vetitum) o prohibición para contraer nuevo matrimonio.

Muchas personas se preocupan por la posibilidad de que la sentencia les imponga un veto, temiendo no poder contraer nunca un nuevo matrimonio; o simplemente les parece algo vergonzoso. No debe verse el veto como un castigo, sino como una medida medicinal que aplica la Iglesia para que se cumpla el derecho de los fieles de contraer matrimonio válido. El sentido de estos vetos es evitar que se contraiga un nuevo matrimonio nulo, encadenando matrimonios inválidos que suponen una falta de respeto a la dignidad del vínculo matrimonial y un escándalo para los fieles. Y facilitar que, en caso de contraer otro matrimonio, la nueva parte contrayente conozca las causas por las que fue declarado nulo el anterior matrimonio de su futuro cónyuge.

 

¿Cuándo y por qué se impone un veto en una sentencia?

Debe añadirse un veto cuando a lo largo del proceso ha quedado probada la existencia de una causa psíquica permanente que produce la incapacidad y que sigue presente en el momento de emitir la sentencia. La razón es que, en estos casos, tras un proceso, consta que una persona presenta una incapacidad permanente para el matrimonio, que haría nula una nueva unión contraída en las mismas condiciones.

No se trata de imponer un veto en todos los supuestos de incapacidad (regulados en el canon 1095 del código de derecho canónico). Por ejemplo, no se impondría un veto en el caso de una incapacidad provocada por una causa psíquica existente en el momento de prestar el consentimiento y que afectó a la validez en ese momento, pero que posteriormente ha sido superada o ha desaparecido. Sí hay que imponer un veto si la causa psíquica grave que provoca la incapacidad para consentir válidamente sigue presente en la actualidad, porque afectará a la validez de un nuevo matrimonio contraído en esas condiciones. Por este motivo, en estos casos, el tribunal tiene la obligación de imponer un veto —«debe añadirse a la sentencia»—.

En las causas en que «una parte fue causante de la nulidad por dolo o simulación, el tribunal está obligado a considerar si, teniendo en cuenta todas las circunstancias del caso, debe añadirse a la sentencia un veto que prohíba contraer nuevo matrimonio…». En estos casos, el tribunal no está obligado a imponer un veto pero sí a valorar si es conveniente o no imponerlo.

¿Por qué esta diferencia respecto a los casos de incapacidad permanente? Porque se trata de causas en las que la nulidad se produce como consecuencia de un acto de la voluntad de una de las partes —engañó al otro o excluyó libre, consciente y voluntariamente uno de los elementos o propiedades esenciales del matrimonio—; por tanto, es posible que contraiga un nuevo matrimonio sin esa voluntad que hizo nulo el anterior. Ahora bien, del conjunto de los datos obtenidos en el proceso, el tribunal debe valorar si esa voluntad contraria a contraer matrimonio válido sigue presente en el sujeto en el momento de dictar sentencia y, en tal caso, imponer un veto. Por ejemplo, una persona con una mentalidad absolutamente arraigada que le llevó a excluir la indisolubilidad y en el proceso queda probado que no ha cambiado esa mentalidad y voluntad; con estos datos, parece conveniente imponer un veto, porque iría a un nuevo matrimonio con la misma voluntad excluyente, haciéndolo nulo. Es distinto el caso de una persona que excluyó la indisolubilidad al contraer matrimonio debido a las circunstancias de aquel momento —tenía muchas dudas; hubo presiones o falta de libertad; no era creyente—, pero ahora quiere contraer matrimonio verdadero —está realmente enamorado; no tiene dudas; se ha convertido o regresado a la Iglesia— y en el proceso ha quedado constancia de ese cambio y de las razones que lo justifican. En este caso no sería necesario imponer un veto.

¿Y si me quiero volver a casar?

Si la sentencia que declara nulo un matrimonio impone un vetitum, para casarse de nuevo hay que solicitar la remoción de esa prohibición. Aunque no es habitual, también podría pedirse el levantamiento del veto sin intención de contraer nuevo matrimonio, por otras razones como «los problemas de conciencia de iniciar siquiera una nueva relación sentimental mientras no se sepa si podrá estar orientada al matrimonio, o porque el veto esté siendo instrumentalizado por el anterior cónyuge en sede civil para intentar cambios en relación a la prole… o cualquier otra circunstancia en que el veto pueda provocar un perjuicio injusto a la buena fama o a la honra del sujeto».

La autoridad competente para levantar el veto es el Obispo del lugar donde vaya a celebrarse el nuevo matrimonio. Ahora bien, en los casos de incapacidad no puede hacerlo sin consultar antes al tribunal que lo impuso.

El levantamiento del veto no puede ser un mero trámite. Si el vetitum se impone cuando existen razones graves que hacen dudar de la validez del nuevo matrimonio que se pueda contraer, para autorizar esa nueva boda hay que asegurarse de que esas razones no siguen presentes. Y esto no solo por el respeto debido a la dignidad del sacramento del matrimonio y a la dignidad de los fieles, que tienen derecho a contraer matrimonio válido, también para evitar el escándalo que supondría encadenar varios matrimonios nulos por los mismos motivos.

 

Casarse con la persona ideal

En una de las bodas de la película “Cuatro bodas y un funeral”, el sacerdote (Rowan Atkinson) pregunta: ¿hay alguien que tenga algo que oponer a la celebración de esta boda? Y, en ese momento, el hermano del novio se levanta y dice que el novio no se puede casar… porque está enamorado de otra mujer.

El contrayente sabía que no estaba realmente enamorado de la novia; pero se había dejado llevar a una boda con una chica que –teóricamente- era todo lo que podía desear, aunque no la amaba.

¿Es buena idea casarse con alguien a quien aprecias, con quien compartes educación, gustos, principios… pero al que no amas con locura? Conozco a algunas personas a las que su entorno anima a casarse en estas circunstancias, porque les parece que ya tienen cierta edad, que se van a quedar solas… No me parece un buen consejo, y no es buena idea casarse así. El matrimonio está pensado para parejas de enamorados, que quieren vivir una unión de auténtico y verdadero amor para siempre. Por tanto, si no estás enamorado, te falta un elemento esencial.

Estar enamorado es…

 Estar enamorado es descubrir que hay otra persona en el mundo que hace tu vida mejor, que saca de ti todo lo bueno que tienes dentro; una persona que te hace exclamar ¡qué bueno que existas! y a la que quieres tener cerca todos los días de tu vida. El matrimonio es la decisión de vivir ese amor para siempre.

O sea que el amor matrimonial es un compromiso. Pero el compromiso supone que porque 1- se está muy bien juntos (parte afectiva) y 2- porque nuestra relación tiene sentido (razón), 3- hemos decidido (voluntad) elegirnos mutuamente para siempre. El amor conyugal está compuesto de estos ingredientes, que conviene que estén presentes en el momento del “sí, quiero” y deben mantenerse a lo largo de toda la relación.

Sentimientos, razón y voluntad, integran el compromiso

Tal vez te han presentado a “la persona ideal” que, según tus amigos/padres/hermanos… es tu media naranja. Porque comparte, como decía antes, tu educación, valores, es buena persona, incluso sería un padre/madre fenomenal. Bien, pues ¡daros una oportunidad! Si, al conoceros mejor, además de todo eso con esa persona se te dispara el corazón, te emocionas cuando la ves, estáis a gusto y felices… entonces adelante. Si a pesar de que, sobre el papel es la persona perfecta, no congeniáis; uno de los dos tiene que ceder siempre para amoldarse al otro; no hacéis más que discutir; no os ponéis de acuerdo en lo que queréis; piensas que no es lo que deseas pero que ya llegará… no es la persona con la que establecer un compromiso de un amor definitivo ¡porque no la amas!

Es verdad que en algunas parejas ese amor surge después de la boda, pero no es lo habitual. Y es un asumir un riesgo que no os recomiendo: porque precisamente para comprobar si os queréis, está el noviazgo. Ciertamente para que la relación de noviazgo madure, es necesario aprender a discutir, estar en desacuerdo, llegar a acuerdos, perdonar y ser perdonado… Pero no puede ser lo habitual. Por eso, si la tónica general del noviazgo no es de felicidad, de alegría, de ilusión por estar juntos y por formar ese proyecto de amor juntos… es mejor dejarlo.

¿Entonces, si estamos muy a gusto juntos, es suficiente para casarnos?

No: como decía antes, el amor no es sólo sentimiento. Para formar un proyecto de vida en el amor, es importante que estemos a gusto juntos. Pero, además, tenemos que ver si queremos lo mismo para nuestro proyecto de vida, al menos en los puntos esenciales. Por eso, en el noviazgo hay que hablar de lo que cada uno desearía hacer en la vida: por ejemplo, si a los dos nos gustaría casarnos, entonces aclarar qué es para cada uno el matrimonio ¿Una unión en el amor para siempre, o temporal; fiel o abierta? ¿Queremos lo mismo? Si coincidimos en lo esencial, y eso se suma a que estamos a gusto juntos, las cosas van bien.

Pero no siempre queremos lo mismo. Es posible estar muy a gusto con una persona y que cada uno tengamos preferencias distintas para nuestro proyecto de vida. Por ejemplo, a uno le gustaría formar una familia y para el otro su prioridad es una carrera profesional brillante que le hace dejar de lado formar una familia. ¿Es posible llegar a un acuerdo que satisfaga a los dos? Porque si no, por muy a gusto que estemos al principio, nos iremos distanciando a medida que cada uno vaya dando pasos para lograr lo que quiere. Por tanto, a los sentimientos hay que añadirle la razón: ¿es razonable empeñarnos en sacar adelante una relación en la que cada uno queremos cosas distintas?¿Si tengo que ceder en lo que para mí es fundamental: tiene sentido?¿Realmente es una relación de amor aquella en la que dejo de ser yo para amoldarme a la relación? Es mejor dejarlo en una buena amistad y no empeñarse en casarnos.

El matrimonio es algo muy serio. Y por eso no conviene tomar una decisión a la ligera. Si no es lo que realmente queréis, con esta persona en concreto, no deis el paso. Porque va a ser fuente de sufrimiento y no de felicidad. Y lo digo, consciente de lo difícil que es la soledad cuando uno desea formar una familia. Pero un matrimonio sin amor, no es la solución: no es la persona ideal.

Necesito hablar del duelo

Después de meses sin ver prácticamente a nadie, cuando acabó el confinamiento volví a salir a la calle. Todo había cambiado, para mí de forma especial porque había muerto mi padre. Me encontré con personas que conozco y me preguntaban, respetando la distancia de seguridad: ¿cómo estás?

Al principio respondía: “regular”; pero la mayoría se asustaban mucho con esta respuesta. Y es que no estamos acostumbrados a encontrarnos con el dolor de los demás. Así que, enseguida, a la misma pregunta respondía con un educado: “bien” y seguía mi camino.

Con personas más cercanas, me sucedió algo distinto; al principio les respondía con la verdad (“estoy hecha polvo”) y les daba una larga explicación de lo que había vivido. Pero, al ir pasando los meses, no puedes seguir pidiendo a tus amigos que te escuchen contar lo mismo una y otra vez. Así que ahora, cuando me preguntan, les dijo: “mejor, muchas gracias”; que es verdad, pero no toda.

Porque lo cierto es que las circunstancias que hemos vivido estos meses – de aislamiento, de falta de información, de falta de contacto, de no poder mirarnos a la cara y hablar o simplemente estar con personas que te importan y a las que tú les importas-, han hecho especialmente difícil vivir la muerte de mi padre. Y aunque vaya dando pequeños pasos, sigo viviendo un duelo difícil (no le vi enfermo, no estuve con él cuando murió, no pude ir a su entierro) y necesito volver atrás y necesito contarlo, para tener la sensación de haberlo vivido y hacerme consciente de todo lo que ha pasado. Pero no quiero cargar a mi familia y a mis amigos con más sufrimiento, aumentando su propio dolor, por lo que me lo guardo; pero está ahí, queriendo salir. Y me encuentro dando una detallada respuesta de lo triste que estoy o de lo que me está costando vivir esto a  mi amiga Patri, cuando me pregunta qué tal mientras me cobra la compra en Mercadona.

Lo que es llamativo en esta situación es que me encuentro dando respuestas desproporcionadas para el momento y la persona con la que hablo. Y esto es una señal de que llevo dentro algo que me quema y me pesa; e, inconscientemente, trato de no sobrecargar a quienes me rodean porque sé lo que ellos están soportando. Aunque tengo la inmensa suerte (Providencia) de tener cerca a Mercedes Honrubia, que me ayuda en este proceso en el que, como muy bien me ha explicado, mis heridas dejarán de sangrar y quedarán las cicatrices; señales que es bueno que no desaparezcan, porque son una parte importante de lo que he vivido y de lo que soy. Pero sí dejarán de doler.

¿Qué hacer?

Si tú estás viviendo una situación parecida, un duelo que no has podido resolver, y no puedes o no quieres cargar a tu familia con lo que te quema por dentro, que sepas que hay ayudas disponibles. Personas que te van a escuchar, a ayudar a verbalizar todo lo que te duele, y a acompañarte en el proceso de recolocarlo –no para negarlo, sino para vivirlo con paz-. Y, si es necesario, te ayudarán a tomar la decisión de solicitar otro tipo de ayudas.

Grietas

Hace unos días, preparando la presentación de mi libro sobre la nulidad de matrimonio, la profesora Mª. José Valero de la Universidad Villanueva me decía: he visto que la foto de portada es la misma que tienes en tu perfil de WhastApp ¿significa algo?

No hace falta decir que Mª. José es una persona inteligente e intuitiva. Efectivamente, no es la misma foto, pero sí de la misma serie.

Con la foto de portada del libro, unas hojas de hiedra saliendo de una grieta en la pared, quería expresar la esperanza que surge a partir de las dificultades. Concretamente en este caso la posibilidad de que, a partir del daño causado por una separación, el proceso de declaración de nulidad de matrimonio aporte luz, acompañamiento y pueda ser bálsamo para las heridas. El deseo de ser instrumentos del Señor para ayudar a sanar a las personas encontrando la verdad.

Es un resumen del contenido del libro que creo que expresa gráficamente mi concepción del proceso.

Las grietas reflejan por tanto el sufrimiento de quienes han pasado por una ruptura y el deseo de que el proceso les dé en cierta manera nueva vida. Pero esas grietas expresan también un gran sufrimiento propio: tengo clarísimo que el proceso es una herramienta pastoral que, usada debidamente, aporta paz a las conciencias y ayuda a reconocer y curar las heridas. Pero también soy dolorosamente consciente de todo el daño que hace una incorrecta aplicación de las normas procesales y de derecho sustantivo, y de que esto desgraciadamente todavía se da en muchos tribunales. Situación que me parece tanto más grave porque se produce a pesar de las insistentes peticiones y recomendaciones del Santo Padre para que se revise la actividad de los tribunales eclesiásticos y se tomen las medidas necesarias para la correcta actuación de los operadores jurídicos. Siento decir que aquí hay una responsabilidad enorme de los obispos, a quienes el Papa Francisco recordó claramente que tienen esa obligación de velar por el correcto funcionamiento de sus tribunales (tanto en la reforma procesal como posteriormente en Amoris Laetitia), que no es únicamente la tramitación en plazo de las causas sino, sobre todo, velar por que las sentencias respeten la verdad del matrimonio y por hacer accesibles los tribunales a los fieles. Una barrera de la que no todos son conscientes es el hecho continuado de que un tribunal no haga bien su trabajo, porque es un motivo de desánimo para las personas que querrían acudir al tribunal; además de una gravísima injusticia con consecuencias que afectan al bien de las almas. Y la conciencia de todo esto es un peso que llevo con sufrimiento esperanzado.

Y ¿por qué la misma foto en tu perfil de WhatsApp?

No es la misma, aunque es parecida. Esta pared con grietas en distintos lugares, de diferentes tamaños y profundidad, me llama mucho la atención. En cada grieta, hojas también de diferentes tamaños: unas solas, otras acompañadas, unas en el centro mismo de la grieta, otras en los surcos que deja en la pared…

En los últimos años he vivido varios momentos difíciles. Las fotos, que muchas veces no publico, me sirven para mi reflexión personal. El curso pasado murió mi padre; durante un tiempo mi foto de perfil de WhatsApp fue una foto de los dos juntos. Unos meses después, coincidiendo con cambios en la forma de vivir su pérdida, cambié la foto. Esta refleja lo que vivo: dolor que deja cicatrices, pero en esas huellas hay vida abundante, vida nueva, vida juntos. Y comunión: la oración de muchas personas hace posible pasar por cañadas oscuras sintiendo la guía del Pastor y la compañía de otras ovejas. Algunas me leen, otras muchas no; a todas : ¡gracias!

Coaching Familiar: mediación de conflictos

  • Mediación de resolución de conflictos: una ayuda encaminada a buscar soluciones cuando la dificultad o el conflicto ya ha surgido.

Una pareja que discute frecuentemente o que no habla, con tensiones en su relación, con desacuerdos importantes que si no se resuelven pueden desembocar en algo más grave o llevar incluso a una ruptura.

En este caso en el Instituto Coincidir proponemos acudir a la mediación familiar como proceso de resolución de conflictos en el ámbito familiar, con el objetivo de  solucionar las dificultades y fortalecer y mejorar el matrimonio o la relación paterno-filial.

¿Quién es el mediador familiar?

El mediador familiar es un tercero neutral que no impone una solución sino que, con las técnicas oportunas, ayuda a cada pareja o familia a encontrar la solución que más conviene para su situación concreta.

¿En qué consiste la mediación o coaching familiar?

El trabajo de mediación combina sesiones conjuntas con sesiones individuales en las que cada una de las partes expone lo que viven con dificultad en su relación, lo que necesitarían, lo que querrían cambiar…Esto permite que cada uno exprese sus razones y escuche las de la otra parte, sin “cortar” la explicación ante las reacciones del otro, porque se lo está contando también al mediador y ayuda a centrar los problemas reales – ¿qué es lo que les está pasando? – y a fijar objetivos -¿quiere cada uno buscar soluciones?- en un proceso en el que el mediador les irá ayudando a encontrar el modo de acercar posiciones y, si es necesario, a solicitar la ayuda de otro/s especialistas que tal vez de entrada una o ambas partes no querían admitir (p.ej. una atención psicológica o psiquiátrica).

Ventajas de la mediación o coaching familiar:

Nos sigue costando mucho solicitar ayuda clínica, psicológica o psiquiátrica; al trabajar con un mediador los aspectos personales que necesitamos mejorar es posible que lleguemos a la conclusión de que necesitamos una ayuda especializada –por aspectos de personalidad, por alguna dificultad o trastorno específico…- y en mi experiencia es más fácil admitir la necesidad de esa ayuda cuando es la persona la que llega a la conclusión de que la necesita, desde una ayuda previa no clínica.

Por esta razón, es conveniente que los equipos de orientación y mediación familiar cuenten con la colaboración de otros profesionales que intervengan en el proceso de ayuda cuando sea necesario. No son en modo alguno ayudas excluyentes, son complementarias.

Lo de mi padre

El jueves de Pascua murió mi padre. Murió en paz, habiendo recibido los sacramentos de manos de su sobrino sacerdote. Murió confiando en el Corazón de Jesús, que es todo amor y misericordia. Mi padre lo sabía porque el Sagrado Corazón de Jesús y su familia hemos sido sus amores más profundos, para él siempre unidos.

Murió con la esperanza, mejor diría certeza, de encontrarse con los miembros de nuestra familia que –cada vez más numerosos- están ya viviendo en Dios y le esperaban; con la esperanza de que allí nos reuniremos todos.

Esto me consuela y reconforta. Pero estoy viviendo un dolor extraño, porque está contenido: no he podido estar con mi padre en sus últimos momentos, ni despedirme.

Tampoco he podido asistir a su entierro, quedándome con la duda (gracias a Dios ya resuelta) de si el féretro tendría o no una cruz porque los ataúdes que veo en televisión no la tienen. Detalles que nunca pensé que se pondrían en cuestión, ahora están fuera de mi elección, de mi decisión.

Como me dice mi marido, “quién iba a pensar que echaríamos de menos estar en un tanatorio”. Y es que no hemos podido estar todos juntos (mi madre, hermanos, familia y amigos) para velarle, llorar, abrazarnos, rezar con los que nos quieren y después reírnos.

Es como si la muerte hubiera pasado a nuestro lado para darnos un golpe y desaparecer rápidamente: la he tenido delante, pero no he llegado a verla. Y me encuentro en cierta manera como Santo Tomás: como no lo he visto ni tocado, me cuesta creerlo. De hecho, la mayoría de mensajes y llamadas que recibo me expresan su pesar “por lo de tu padre”. Y es que, aunque la muerte está más cerca que nunca, también está escondida.

Me ha faltado todo lo que acompaña habitualmente a la muerte de una persona querida y que ayuda a darse cuenta de la realidad de lo ocurrido (mi padre se ha muerto, pero yo sigo con la misma extraña vida desde hace más de 40 días, en un ininterrumpido día de la marmota); a que el dolor salga, con lágrimas, abrazos y oración; y a que llegue el consuelo con la cercanía de tantas personas queridas y un funeral.

Es un duelo no expresado, como si la vivencia y expresión del dolor por la pérdida quedara en suspenso; pero tiene que salir. Y es bueno llorar; y es bueno afrontar de frente al enemigo, para vencerle: “lo de mi padre” es que se ha muerto. No me asusta decirlo porque sé que mi padre, aunque haya muerto, está vivo.

Sin duda echo inmensamente de menos la presencia física y el abrazo; pero el amor es más fuerte que la muerte y nada ni nadie puede eliminar el vínculo de amor que nos une a cada uno de nosotros con él, no sólo a su familia, también a sus amigos que ocupan un lugar tan importante en su corazón.

Un vínculo de amor que es recíproco: papá, sé que me quieres y yo sigo queriéndote, tal vez ahora un poco más.

«Cartas de Nicodemo» #Recomendación

“Esta enfermedad, Justo, me está destrozando… ¿por qué ha tenido que ser ella precisamente la víctima de esta enfermedad?”

Tal vez más de uno se reconozca en estas palabras con las que empieza “Cartas de Nicodemo”, la novela de Jan Drobaczynski. Aunque este libro es mucho más que una novela, es un itinerario de búsqueda de respuestas ante la enfermedad y el sufrimiento de las personas que amamos, que lleva al protagonista al encuentro de Jesús de Nazaret.

De modo epistolar, el autor escribe en primera persona poniendo en boca de Nicodemo su sufrimiento ante la enfermedad de su mujer, que le hace plantearse cómo es posible que Dios le castigue así, siendo él un fiel cumplidor de la ley.

Desde esta situación que altera su mundo y sus esquemas, Nicodemo sale de sí mismo buscando respuestas. Esta búsqueda le lleva hasta el Profeta de Nazaret, de quien se oye que cura a muchos enfermos. Y tendrá que enfrentarse a los interrogantes que su palabra y su vida plantean a los hombres de todos los tiempos. La atracción de su Persona y su mensaje; sus ¿temerarias? afirmaciones acerca de su divinidad; la dificultad de admitir que el Mesías pueda rodearse de personas incultas, menos respetuosas de la ley que uno mismo y, sin embargo, más cercanas al Maestro; un mensaje que cambia el sentido de la enfermedad, sin pasar necesariamente por la curación. Todas las dudas, motivos para creer y para no poder hacerlo, los titubeos, los deseos y temores que vive el protagonista forman un camino que puede ayudarnos en los momentos que estamos viviendo porque el lector podrá reconocerse en las vivencias que narra el libro y espero que su lectura pueda favorecer ese encuentro con Jesús que cambia la vida, no sólo de Nicodemo, sino de todos los que se encuentran con Él.

Dejadnos llorar

Tengo familiares y amigos en el hospital; tengo familiares y amigos muriendo; tengo amigos temiendo recibir esa llamada que confirme el final que habrían querido no escuchar; tengo amigos que han perdido seres queridos, sin poder estar con ellos en la enfermedad y la muerte. Tengo amigos esperando recibir las cenizas de sus padres, sin tener ni el consuelo de poder enterrar a sus muertos. Dejadnos llorar; dejadnos estar tristes; dejadnos tener miedo.

Estamos sufriendo. Todos, en mayor o menor medida, estamos sufriendo. Y está bien transmitir esperanza. Pero que eso no nos impida llorar: necesitamos darnos permiso, a nosotros mismos y a los demás, para llorar y expresar el sufrimiento. A lo largo de este año, en distintos cursos de formación para la prevención y sanación de abusos, he aprendido que el primer paso para sanar las heridas es que la persona que las tiene pueda expresar su sufrimiento. Cuando puede verbalizar el dolor, da el primer paso para curarse. De modo semejante, cuando puedes llorar empieza a salir el dolor acumulado. Sólo poniendo nombre al miedo podemos vencerlo, pero no si lo negamos u ocultamos.

Leo a muchas personas que dicen “todo va a salir bien” y pienso que la verdad es que no; no todo, porque no vamos a recuperar a los que hayamos perdido estos días. Pero podremos salir bien si salimos mejores, que tampoco será algo automático; sólo será posible si encontramos sentido a este sufrimiento y podemos ayudar a otros a encontrarlo. Y lo único que vence siempre es el amor (Juan Pablo II dixit ). Ahora mismo, es un acto de amor dejar a los nuestros llorar, no rechazar la debilidad sino acogerla y ayudarles a poner en manos del Amor su miedo y su dolor, para encontrar consuelo y paz.

Algunos me reprocharán esto, como si fuera falta de esperanza; como si un cristiano no pudiera llorar o tener miedo. Pero no es cierto. El mismo Jesús lloró cuando murió Lázaro; y en Getsemaní, turbado ante la cercanía del sufrimiento que le esperaba. Y es que Jesús está cerca del dolor humano; tan cerca, que sufre con nuestros sufrimientos. Por otro lado, ante Dios hay que presentarse con la verdad. Me ha parecido siempre una enorme falta de respeto pretender “poner una cara” ante El, que no se corresponda a la verdad que uno vive. Si estás hecho polvo, ¿por qué pretender delante de quien es la Verdad que no lo estás? Cuánto mejor darle tus miedos para que Él pueda llevarte del miedo y el llanto a la certeza de que el Amor siempre vence, de que volveremos a vernos, de que todo tiene sentido

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