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Lo de mi padre

El jueves de Pascua murió mi padre. Murió en paz, habiendo recibido los sacramentos de manos de su sobrino sacerdote. Murió confiando en el Corazón de Jesús, que es todo amor y misericordia. Mi padre lo sabía porque el Sagrado Corazón de Jesús y su familia hemos sido sus amores más profundos, para él siempre unidos.

Murió con la esperanza, mejor diría certeza, de encontrarse con los miembros de nuestra familia que –cada vez más numerosos- están ya viviendo en Dios y le esperaban; con la esperanza de que allí nos reuniremos todos.

Esto me consuela y reconforta. Pero estoy viviendo un dolor extraño, porque está contenido: no he podido estar con mi padre en sus últimos momentos, ni despedirme.

Tampoco he podido asistir a su entierro, quedándome con la duda (gracias a Dios ya resuelta) de si el féretro tendría o no una cruz porque los ataúdes que veo en televisión no la tienen. Detalles que nunca pensé que se pondrían en cuestión, ahora están fuera de mi elección, de mi decisión.

Como me dice mi marido, “quién iba a pensar que echaríamos de menos estar en un tanatorio”. Y es que no hemos podido estar todos juntos (mi madre, hermanos, familia y amigos) para velarle, llorar, abrazarnos, rezar con los que nos quieren y después reírnos.

Es como si la muerte hubiera pasado a nuestro lado para darnos un golpe y desaparecer rápidamente: la he tenido delante, pero no he llegado a verla. Y me encuentro en cierta manera como Santo Tomás: como no lo he visto ni tocado, me cuesta creerlo. De hecho, la mayoría de mensajes y llamadas que recibo me expresan su pesar “por lo de tu padre”. Y es que, aunque la muerte está más cerca que nunca, también está escondida.

Me ha faltado todo lo que acompaña habitualmente a la muerte de una persona querida y que ayuda a darse cuenta de la realidad de lo ocurrido (mi padre se ha muerto, pero yo sigo con la misma extraña vida desde hace más de 40 días, en un ininterrumpido día de la marmota); a que el dolor salga, con lágrimas, abrazos y oración; y a que llegue el consuelo con la cercanía de tantas personas queridas y un funeral.

Es un duelo no expresado, como si la vivencia y expresión del dolor por la pérdida quedara en suspenso; pero tiene que salir. Y es bueno llorar; y es bueno afrontar de frente al enemigo, para vencerle: “lo de mi padre” es que se ha muerto. No me asusta decirlo porque sé que mi padre, aunque haya muerto, está vivo.

Sin duda echo inmensamente de menos la presencia física y el abrazo; pero el amor es más fuerte que la muerte y nada ni nadie puede eliminar el vínculo de amor que nos une a cada uno de nosotros con él, no sólo a su familia, también a sus amigos que ocupan un lugar tan importante en su corazón.

Un vínculo de amor que es recíproco: papá, sé que me quieres y yo sigo queriéndote, tal vez ahora un poco más.

«Cartas de Nicodemo» #Recomendación

“Esta enfermedad, Justo, me está destrozando… ¿por qué ha tenido que ser ella precisamente la víctima de esta enfermedad?”

Tal vez más de uno se reconozca en estas palabras con las que empieza “Cartas de Nicodemo”, la novela de Jan Drobaczynski. Aunque este libro es mucho más que una novela, es un itinerario de búsqueda de respuestas ante la enfermedad y el sufrimiento de las personas que amamos, que lleva al protagonista al encuentro de Jesús de Nazaret.

De modo epistolar, el autor escribe en primera persona poniendo en boca de Nicodemo su sufrimiento ante la enfermedad de su mujer, que le hace plantearse cómo es posible que Dios le castigue así, siendo él un fiel cumplidor de la ley.

Desde esta situación que altera su mundo y sus esquemas, Nicodemo sale de sí mismo buscando respuestas. Esta búsqueda le lleva hasta el Profeta de Nazaret, de quien se oye que cura a muchos enfermos. Y tendrá que enfrentarse a los interrogantes que su palabra y su vida plantean a los hombres de todos los tiempos. La atracción de su Persona y su mensaje; sus ¿temerarias? afirmaciones acerca de su divinidad; la dificultad de admitir que el Mesías pueda rodearse de personas incultas, menos respetuosas de la ley que uno mismo y, sin embargo, más cercanas al Maestro; un mensaje que cambia el sentido de la enfermedad, sin pasar necesariamente por la curación. Todas las dudas, motivos para creer y para no poder hacerlo, los titubeos, los deseos y temores que vive el protagonista forman un camino que puede ayudarnos en los momentos que estamos viviendo porque el lector podrá reconocerse en las vivencias que narra el libro y espero que su lectura pueda favorecer ese encuentro con Jesús que cambia la vida, no sólo de Nicodemo, sino de todos los que se encuentran con Él.

Dejadnos llorar

Tengo familiares y amigos en el hospital; tengo familiares y amigos muriendo; tengo amigos temiendo recibir esa llamada que confirme el final que habrían querido no escuchar; tengo amigos que han perdido seres queridos, sin poder estar con ellos en la enfermedad y la muerte. Tengo amigos esperando recibir las cenizas de sus padres, sin tener ni el consuelo de poder enterrar a sus muertos. Dejadnos llorar; dejadnos estar tristes; dejadnos tener miedo.

Estamos sufriendo. Todos, en mayor o menor medida, estamos sufriendo. Y está bien transmitir esperanza. Pero que eso no nos impida llorar: necesitamos darnos permiso, a nosotros mismos y a los demás, para llorar y expresar el sufrimiento. A lo largo de este año, en distintos cursos de formación para la prevención y sanación de abusos, he aprendido que el primer paso para sanar las heridas es que la persona que las tiene pueda expresar su sufrimiento. Cuando puede verbalizar el dolor, da el primer paso para curarse. De modo semejante, cuando puedes llorar empieza a salir el dolor acumulado. Sólo poniendo nombre al miedo podemos vencerlo, pero no si lo negamos u ocultamos.

Leo a muchas personas que dicen “todo va a salir bien” y pienso que la verdad es que no; no todo, porque no vamos a recuperar a los que hayamos perdido estos días. Pero podremos salir bien si salimos mejores, que tampoco será algo automático; sólo será posible si encontramos sentido a este sufrimiento y podemos ayudar a otros a encontrarlo. Y lo único que vence siempre es el amor (Juan Pablo II dixit ). Ahora mismo, es un acto de amor dejar a los nuestros llorar, no rechazar la debilidad sino acogerla y ayudarles a poner en manos del Amor su miedo y su dolor, para encontrar consuelo y paz.

Algunos me reprocharán esto, como si fuera falta de esperanza; como si un cristiano no pudiera llorar o tener miedo. Pero no es cierto. El mismo Jesús lloró cuando murió Lázaro; y en Getsemaní, turbado ante la cercanía del sufrimiento que le esperaba. Y es que Jesús está cerca del dolor humano; tan cerca, que sufre con nuestros sufrimientos. Por otro lado, ante Dios hay que presentarse con la verdad. Me ha parecido siempre una enorme falta de respeto pretender “poner una cara” ante El, que no se corresponda a la verdad que uno vive. Si estás hecho polvo, ¿por qué pretender delante de quien es la Verdad que no lo estás? Cuánto mejor darle tus miedos para que Él pueda llevarte del miedo y el llanto a la certeza de que el Amor siempre vence, de que volveremos a vernos, de que todo tiene sentido

Que todo sea verdad

Empezó la Cuaresma 2020. Ya tiempo antes resonaba en mi cabeza esa canciónPor eso Yo la voy a seducir, la llevaré al desierto y allí hablaré a su corazón y ella me responderá como en los días de su juventud”. Y es que hay épocas en que nos hace falta una purificación; porque se nos van pegando al corazón muchas cosas, no necesariamente malas, que nos distraen de lo que verdaderamente es importante.

Y llegó lo inesperado –alguien en casa iba a tener que pasar varias veces por quirófano- y los cambios de planes. Y el cambio de ritmo y dejar en segundo plano las actividades previstas te ayuda a apoyarte en Quien de verdad sabe lo que necesitas. “Esta pobreza de no controlar los tiempos y momentos es dolorosa, pero es la llamada a una esperanza más pura, sin apoyo humano. Engendra poco a poco la paciencia, la humildad, la mansedumbre. Madura el deseo que un día será satisfecho más allá de lo que esperábamos” (“La felicidad donde no se espera”, Jacques Philippe, Rialp).

Y con la preocupación y el sufrimiento llega el amor de muchos, que nunca han dejado de estar ahí pero con los que el contacto se va espaciando ahogado por las prisas del día a día, y que ahora no se cansan de hacerte llegar su cariño, su oración, su compañía, su sentido del humor.

Pero el proceso de cambiar un corazón de piedra en corazón de carne es largo. Y llegó el COVID19 a añadir preocupación sobre la ya existente. Y las dudas y el temor de que afectara a nuestros enfermos, a nuestros mayores, a los pequeños. También el deseo de creernos que “sólo es como una gripe”, rápidamente imposible de aceptar al saber que hay que acudir solos a las consultas médicas previstas, sin la compañía y el cuidado de las familias y amigos. Y el ingreso de mi padre (80), las horas eternas esperando noticias deseando que el nivel de saturación suba, el desgarro de no poder estar todos juntos, el miedo a perderle sin poderle abrazar.

Y con todo esto, la fe de mis padres, proclamada sin media duda: “Él sabe más y lo que Él quiera es lo mejor”; y el consuelo del amor recibido a chorros, a pesar de la falta de contacto físico que tanto necesitamos.

Saldremos de esto distintos; el sufrimiento también es bueno, porque puede sacar de nosotros lo mejor.  Y esto es lo que gano yo en esta guerra, resumido en la canción que me envió un amigo sacerdote: Que todo sea verdad. Y es que ahora sí, definitivamente, lo que quiero es

Que todo sea verdad

Que las palabras sean de amor

Que escandalice mi postura y mi sonrisa ante el dolor

Que desborde la locura sin medida de tu Amor

Que nos llenemos de Tus promesas

Que las bailemos de sol a sol

Que disfrutemos del camino con un mismo corazón

 

Curso para novios en un mundo necesitado de esperanza

“El matrimonio, una decisión original en un mundo necesitado de esperanza” es el título de la última sesión que me han pedido en un curso de preparación al matrimonio.

¿A qué viene este título? Tiene sentido porque elegir –hoy- el matrimonio es bastante original. Y al elegirlo, afirmar que el amor para siempre es posible es un foco de esperanza en un mundo que no cree que el amor pueda ser definitivo.

Esa incredulidad hace sufrir mucho porque cuando uno de verdad está enamorado desea desde lo más profundo de sí mismo que ese amor sea para siempre (“Si fueras para toda la vida, yo sería la persona más feliz” era el grito de la enamorada cantante de El sueño de Morfeo) y todo le responde que es imposible. El matrimonio “por la Iglesia” es la afirmación de que ese deseo profundo, cuando surge de un amor verdadero, tiene sentido, es real y es posible. Que no hay que tener miedo a elegir un amor así, porque las personas estamos hechas para relaciones definitivas. Y que, aunque haya crisis –inevitables en las relaciones que duran en el tiempo- los elementos que forman el amor comprometido son herramientas para superarlas: un amor que además de los afectos incorpora la razón y desde la libertad elige con la voluntad vivir juntos todos los días de la vida. Como vengan, les haremos frente juntos: lo bueno será aún mejor y lo malo lo superaremos juntos. No es fácil, pero es posible. Y si además se pone ese compromiso de amor en manos del Amor mismo, Él se hace presente fortaleciendo la unión de los amantes para que sea, progresivamente, imagen (sacramento) de su Amor: fiel, fecundo, para siempre.

Abusos: la prioridad tiene que ser el niño

“El problema fantasma”. Así define María Martínez Sagrera los abusos a menores: una cuestión gravísima de la que no se habla lo suficiente; y el silencio favorece que se sigan produciendo. 

He tenido la oportunidad de escuchar a María tanto en la presentación en Madrid de su novela “Infancias rotascomo en el taller impartido en la Fundación Jesús y san Martín. En ambas ocasiones he constatado que María habla desde el conocimiento de casos reales, investigados a fondo para la redacción de la novela. Y al escucharla uno no puede quedarse indiferente ante el dolor inmenso de las víctimas, que se atisba tras la explicación de la autora. 

Al mismo tiempo, te sientes interpelado cuando afirma con rotundidad “aunque no lo creáis, todos conocéis personas que han sufrido abusos”. Y, de hecho, en las dos sesiones surgieron testimonios de personas que relataban haber padecido abusos.

A continuación, expongo otras de las ideas que me aportó escuchar a María:

  • En primer lugar, el agradecimiento al esfuerzo realizado que nos abre los ojos a una realidad que la mayoría desconocemos (1 de cada 5 niñas, 1 de cada 7 niños sufren abusos en Europa y Estados Unidos según los datos aportados por la experta, avalados por Save the children), bien porque pensamos que no nos afecta, bien porque resulta tan difícil de afrontar que preferimos mirar para otro lado. En consecuencia, parece que la primera forma de ayudar a erradicar este mal es hacerlo visible: para que sea más fácil contarlo, detectarlo y poder denunciar; para poner fin a los abusos y ayudar a sanar las heridas de las víctimas. En este punto, serían necesarias campañas de información dirigidas al conjunto de la sociedad y formación más concreta dirigida a todos los profesionales que tienen relación con el entorno infantil (medicina, derecho, magisterio…).

“Aunque no lo creáis, todos conocéis personas que han sufrido abusos”-  María Martínez Sagrera

  • La prioridad tiene que ser siempre el niño: por tanto, cuando hay un menor (sea abusado o abusador), es necesario que haya personal especializado en el trato con niños para abordar el caso. La consecuencia obvia es que hay que formar profesionales capacitados para tratar debidamente a los menores, ya sean víctimas o abusadores. Porque no cuentan las cosas como los adultos, hay que facilitar que estos delitos lleguen a conocimiento de los jueces y también que la exploración durante los juicios sea adecuada para un menor que ha sufrido situaciones traumáticas. 
  • La conveniencia de preparar un programa de acompañamiento a las familias durante los juicios, que es una experiencia durísima. Pero todavía más importante sería el acompañamiento para poder asimilar la noticia del abuso y para poder ir dando los pasos necesarios para evitar que se repita, sanar las heridas, denunciar… 
  • La necesidad de pensar también una forma de que el abusador se dé cuenta del daño provocado y se pueda poner remedio a su comportamiento, evitando repetirlo en el futuro. Sin que esto quite ni un ápice de gravedad al abuso cometido y al daño causado en la víctima, muchos abusadores son personas que a su vez sufrieron abusos y nadie detectó su sufrimiento ni se le ofreció la posibilidad de sanarlo.

¿Por dónde empezar? Cada uno, con lo que esté en su mano.

Hay que conocer la realidad de los abusos; hablar de esto con los niños, de forma adecuada a su edad; fomentar un clima de confianza para que puedan contar y preguntar si alguien les propone algo que les incomoda o les parece raro; conocer las reacciones y conductas que pueden indicar la existencia de un abuso; dar credibilidad al menor que cuenta una experiencia de abuso, aunque nos cueste admitirlo (la inmensa mayoría de los abusadores son familiares o personas del entorno cercano del menor, lo que hace más difícil asumir que es verdad); y no tapar esta dolorosísima realidad, para evitar que el abusador tenga acceso a nuevas víctimas.

Y para sanar las heridas de las víctimas, el primer paso es que puedan contarlo. Con la lectura de la novela de María aprendí que, ante determinados comportamientos de niños y jóvenes, hay que incluir entre las posibilidades de lo que le pasa que esté sufriendo algún tipo de abuso; o ante determinadas conductas que llaman la atención en algunos adultos puede estar un abuso sufrido en la infancia. Solo con empezar a tener esta posibilidad en cuenta, empiezas a recibir confidencias de personas que han sufrido en silencio hasta que dan con alguien que, al plantear este tema, les da la posibilidad de hablar, que es el primer paso para la curación.

La soledad del celibato no elegido

Ha llegado el momento, en la Iglesia, de reflexionar sobre el celibato no escogido, ya sea temporal o no.

Quien habla así es Dominique de Monléon Cabaret, en el libro “Dieu ne m´a pas oublié. Perspectives pour les célibataires” (Dios no me ha olvidado. Perspectivas para los solteros), Ediciones Saint-Paul, de momento únicamente disponible en francés.

Desde su propia experiencia, Dominique describe cómo se sienten muchas personas solteras que viven una situación no elegida y misteriosa porque no son llamadas a una vocación religiosa ni a renunciar al matrimonio, pero no han podido formar una familia. Personas generalmente incomprendidas y frecuentemente culpabilizadas (no hace todo lo que podría; no reza lo suficiente; tiene miedo al compromiso…) fuera y dentro de la Iglesia (cuántas veces escuchan: “deberías pensar en la vida consagrada si a tu edad no te has casado”; como si Dios llamara a una vocación cerrando las puertas a otras en lugar de atrayendo hacia un bien). Personas que sufren porque viven una soledad que pesa cada vez más con el paso de los años.

Incomprensión y soledad que pueden doler más en la Iglesia: no encajan en los grupos de jóvenes, ni en los de familias con hijos, ni en los de discernimiento vocacional…Y no son los únicos: pensemos en los viudos o quienes sufren cualquier otra forma de soledad. En algunos países hay ya una sensibilidad hacia su necesidad de acogida, afecto y oración y se proponen retiros, fines de semana, encuentros y momentos de oración para personas solas.

Con gran delicadeza, la autora aporta luz a esa soledad que puede llevar a una persona a la amargura y a encerrarse en sí misma. Y propone, reconociendo todas las dificultades de la situación (habla de la dureza de la soledad como pobreza; pero de los pobres de corazón es el Reino de los Cielos), abrir el corazón al Señor ofreciéndole los deseos, miedos, aspiraciones no satisfechas… que son un bálsamo de consuelo para El, que sufre en cada persona sola que ignora que Dios está a su lado.

Y pone de manifiesto la importancia del testimonio de quienes viven esta soltería no deseada desde la castidad que permite nacer auténticos vínculos de amistad; mostrando que, más allá del matrimonio o de una comunidad, el Esposo es el Señor; testimoniando la confianza en El, que está pendiente de cada persona y desea que seamos felices, aunque no podamos entender sus planes; recordando que toda vida tiene algo de inacabado y que la verdadera felicidad y vocación es dejarse llenar por Dios.

Una primera reflexión que puede ayudarnos a ver una soledad y sufrimiento que con frecuencia ignoramos. Y a partir de ahí, a hacer lo posible por acompañar y consolar a quien sufre.

El Adviento es tiempo de espera

El Adviento es tiempo de espera y de esperanza. Pero tenemos alrededor tantas distracciones que puede pasar sin que nos demos cuenta y, de repente, será Navidad y no nos habrá dado tiempo de preparar el corazón para recibir a Jesús, que viene. Y es que entre tanto reclamo consumista podemos perder de vista que lo importante es el amor.

Por eso, en este Adviento, nos puede ayudar recordar lo que nos dice el Señor en el Apocalipsis: “conozco tus obras, tu fatiga, tu perseverancia… pero tengo contra ti que has dejado enfriar el primer amor”. Y es que, ciertamente, a veces nos tienen que recordar que el amor no es sólo sentimiento pero tampoco es sólo actos, voluntad, perseverancia en las dificultades. Todo esto (actos, voluntad, perseverancia incluso cuando falta sentimiento) es signo de la existencia del amor.

Pero porque el amor no es sólo cuestión de voluntad, sufrimos cuando el sentimiento no acompaña. Por eso es importante caldear el corazón, no dejar que se enfríe, cultivar y hacer crecer el amor primero: ese amor que nos cambió la vida cuando nos encontramos con el Señor (¿no ardía nuestro corazón?). Seguramente a partir de ese encuentro hacemos muchas cosas por amor al Señor.

Pero en la relación con El, como con las demás personas que amamos, hay que procurar mantener siempre el equilibrio entre esfuerzo y voluntad y el corazón encendido. Porque si, como he leído en algún sitio, amar con sentimiento es felicidad y amar con la voluntad y la esperanza cuando falta el sentimiento es fidelidad, tenemos que procurar buscar la felicidad de estar con Él y ofrecerle no sólo nuestras obras sino todo el afecto de nuestro corazón. A veces, este afecto no lo sentimos tan vivamente; y pensamos que ha desaparecido, cuando no ha dejado de existir sino que probablemente está sofocado bajo preocupaciones, actividades, trabajos… incluso los que hacemos por el Señor. Y sufrimos por esa lejanía, que recuerda la travesía del desierto; no hay que desanimarse, porque precisamente el desierto es una experiencia de Adviento: la soledad y la conciencia de la falta de fuerzas para seguir nos harán echar de menos lo que nos estamos perdiendo y así, volviendo a recordar (pasar por el corazón) los continuos detalles de cariño del Señor, retornaremos al amor primero para amar al Señor con todo el corazón; corazón que no es sentimentalismo sino el centro de toda la persona, incluyendo lo mejor de los afectos.  De esta forma, en Navidad el corazón estará preparado para encontrarse con el Corazón que sólo busca ser amado.

Atrévete a ser frágil

En mi primera semana en Madrid después de las vacaciones asistí a la presentación de un libro de Alessandro D´Avenia (“Lo que el infierno no es” http://www.esferalibros.com/libro/lo-que-el-infierno-no-es/). Al llegar a la librería (abarrotada de gente muy joven), un amigo me dijo: presenta una novela, pero tiene un ensayo buenísimo (“El arte de la fragilidad” http://www.esferalibros.com/libro/el-arte-de-la-fragilidad/ )

Tengo que reconocer que pensé: un ensayo, así, llegando de vacaciones… en todo caso compraré la novela. Pero cuando el autor empezó a hablar, me encontré con alguien defendiendo apasionadamente que “la fragilidad es una bendición”. Esto me hizo saltar, porque es una voz contracorriente en un mundo que desprecia la debilidad y nos bombardea con el mensaje de que somos autosuficientes y podemos hacer las cosas solos. Frente a ese falso mantra, el autor insistía en que “los momentos de fragilidad, en que bajamos las defensas, son la vía por la que la ternura puede entrar en nuestra vida”.

Mientras escuchaba a @aledavenia decir a los jóvenes “cuando es enamoréis empezaréis a correr riesgos”, pensaba ¿cómo podrán vivir esto en una sociedad en la que hemos perdido de vista lo importante (el amor) para centrarnos en el éxito (que debe ser cuantificable económicamente o no es éxito)?; si constantemente recibimos este mensaje, contrario a lo que estaba escuchando: “todo depende de ti, no te fíes de nadie porque los demás son competidores; si quieres, puedes; lo que quieres tienes que conseguirlo por ti mismo” ¿cómo abrirse a otro en una relación de amor (de todo tipo, de la amistad al enamoramiento, vida en pareja, matrimonio, paternidad…) arriesgándonos a ser débiles y a sufrir por los amados, si vivimos de esta forma, aislándonos para ser fuertes?

Alessandro estaba ofreciendo una clave: una grieta que nos devuelve a lo importante es la fragilidad; cuando descubres en tu vida que el mensaje de autosuficiencia es mentira, que eres limitado, dependiente, frágil…. por ahí puede entrar en tu vida el amor, a través del cuidado de otras personas. Por tanto, sí, la fragilidad es una bendición porque nos abre a la verdad de lo que somos y da sentido a la vida.

¡Gracias, Alessandro!

Pd. Compré la novela…y el ensayo

Humanae Vitae

Para poder elegir algo, hay que conocerlo previamente. Para poder vivir la paternidad responsable según el Magisterio de la Iglesia, antes hay que conocerlo. Y aquí surge una primera dificultad: es difícil que te expliquen, de verdad, qué enseña la Iglesia sobre paternidad responsable. Generalmente lo que encontrarás es que te transmiten dudas o juicios de valor pero no lo que dice el Magisterio, tal cual, para que puedas tú formar tu propio criterio.

Esto es especialmente llamativo cuando hablamos de la Encíclica Humanae Vitae: ¿cuántos esposos católicos han leído la Encíclica, aunque sea para decidir que no quieren vivir como Pablo VI y la Iglesia enseñan? Muy pocos. La mayoría han recibido una visión sesgada de la Encíclica y toman sus decisiones sobre paternidad responsable sin conocer la verdad del Magisterio. Y esto es muy grave porque son los esposos quienes deben tomar las decisiones sobre paternidad, siguiendo una conciencia rectamente formada (Gaudium et Spes 50, Humanae Vitae 10, Amoris Laetitia 222): ¿cómo podemos considerar rectamente formada la conciencia que no tiene acceso a la verdad del Magisterio de la Iglesia?

Los motivos por los que no se explica bien la enseñanza de Pablo VI en Humanae Vitae son múltiples. En mi experiencia he encontrado frecuentemente dos formas de desfigurar la Encíclica. Por un lado, la simplificación que lleva a afirmar “es la encíclica que condena los anticonceptivos, así que hay que tener todos los hijos que vengan”, tergiversando la verdadera propuesta del Papa contenida en el número 10 de Humanae Vitae: “la paternidad responsable se pone en práctica ya sea con la deliberación ponderada y generosa de tener una familia numerosa ya sea con la decisión, tomada por graves motivos y en el respeto de la ley moral, de evitar un nuevo nacimiento durante algún tiempo o por tiempo indefinido”.

Por otro, la condena de la Encíclica amparada en la dificultad de vivir la paternidad responsable en continencia periódica ateniéndose a los ritmos biológicos. Condena que es tanto más dolorosa cuando viene de personas comprometidas en una vocación que implica una vida de continencia definitiva: ¿consideran que los esposos son incapaces de vivir lo que ellos viven?; ¿la vocación matrimonial no merece los esfuerzos que merece una vocación al celibato?; ¿o se están transmitiendo las propias dificultades personales? Nos encontramos aquí frecuentemente ante una solapada forma de clericalismo, que hurta a los esposos la toma de decisiones que les corresponden. Sin olvidar que el criterio para decidir el valor de un acto humano no puede ser la facilidad o dificultad del mismo.

Surge una nueva forma de poner en duda la validez de la Encíclica Humanae Vitae: se conoce ahora que, antes del texto definitivo, hubo una redacción anterior que no llegó a publicarse. Y a muchos les parece motivo suficiente para poner bajo sospecha la validez del texto final. Pero ya el propio Pablo VI afirmaba en el número 6 que no podía considerar definitivas las conclusiones de la Comisión de Estudio “ni dispensarnos de examinar personalmente la grave cuestión; entre otros motivos, porque en el seno de la Comisión no se había alcanzado una plena concordancia de juicios acerca de  las normas morales a proponer y, sobre todo, porque habían aflorado algunos criterios de soluciones que se separaban de la doctrina moral sobre el matrimonio propuesta por el Magisterio de la Iglesia con constante firmeza. Por ello, habiendo examinado atentamente la documentación que se nos presentó y después de madura reflexión y de asiduas plegarias, queremos ahora, en virtud del mandato que Cristo nos confió, dar nuestra respuesta a estas graves cuestiones”. El texto fue revisado por el Papa y publicado en la versión final, versión a la que hacen referencia desde entonces hasta hoy los textos de los Romanos Pontífices cuando exponen la forma de vivir la paternidad responsable.

Si todavía no conoces de primera mano Humanae Vitae, no te quedes con lo que te cuenten por ahí; es un texto bellísimo sobre el amor conyugal: anímate a leerlo http://w2.vatican.va/content/paul-vi/es/encyclicals/documents/hf_p-vi_enc_25071968_humanae-vitae.html

 

 

 

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