Categoría: Noviazgo

Cambio de planes

Una de mis canciones favoritas es “Cambio de planes”, de Los Secretos. No me canso de escucharla, aunque –como muchas de sus canciones- es triste.

Cuando la escucho, siempre pienso en el dolor que provoca la falta de sinceridad en cuestiones de amor. La canción habla de una unión rota; el que canta dice que tiene que aceptar la decisión de la otra parte. Y se acuerda de algo que le decía en broma: “Y recordé su voz bromeando en las tardes / diciéndome qué harás si hay cambio de planes”

Me puedo estar montando una película, porque no sé exactamente qué tenía en la cabeza el autor al escribir la letra. Pero, para mí, explica una ruptura que una de las partes no se esperaba en absoluto (el que canta) y tiene que asimilar y aceptar. La otra parte, sí se reservaba esa posibilidad de romper, aunque lo había expresado de una manera que parecía una broma: “Y recordé su voz bromeando en las tardes / diciéndome qué harás si hay cambio de planes”

Mensaje no compartido

Cada uno ha actuado conforme a lo que quería de esta relación: una parte la consideraba como definitiva, o al menos, estable; la otra, que podía darse un cambio de planes que se concreta en romper. Tal vez no lo dijo de forma clara, sólo lo insinuó; o tal vez el que lo oía no quería admitir que el comentario iba en serio. En cualquier caso, el mensaje (podría darse una ruptura) no era compartido por las dos partes. Por eso ahora, el que creía vivir una relación estable sufre y tiene que aceptar, con dolor, ese cambio de planes; la otra parte, probablemente, no vive ese sufrimiento. Porque ha actuado en coherencia con lo que se planteaba y esperaba de su relación.

¿Qué queremos, de verdad?

Lo que quiero destacar es que, durante el noviazgo, hay que decidir qué tipo de relación se quiere vivir.  Lo que va a surgir entre ambos es lo que los dos queramos de verdad. Si uno de los dos quiere vivir este amor matrimonialmente pero el otro quiere vivirlo de otra forma (p.ej., no para siempre), no coinciden ambas voluntades. Y esto va a ser fuente de enorme sufrimiento, porque cada uno esperará de su relación cosas distintas: uno, una vida juntos en un amor para siempre; otro, un amor temporal.

Sin sinceridad no hay amor de verdad

Para evitarlo, es imprescindible la sinceridad al hablar de qué tipo de relación queremos construir juntos.Elegir los elementos fundantes de la relación depende de nosotros: ¿queremos vivir nuestro amor matrimonialmente, es decir, nos entregamos en una relación de amor definitiva, fiel y fecunda, que esto es el matrimonio natural? ¿O queremos otro tipo de relación, con otros elementos menos comprometidos? Hay que decir lo que uno quiere de verdad; y ,una vez decididos, la relación que establecemos no puede cambiar en sus elementos esenciales si no es para crecer. Si lo que falla son los principios, las raíces, entonces el sufrimiento va a ser muy grande porque falla la unión que hemos elegido.

El resto de situaciones de nuestra vida en común no dependen de nosotros de la misma manera (p. ej. podemos querer una familia numerosa y los hijos no vienen). Y, aunque también es necesario en el noviazgo hablar mucho de lo que nos gustaría para nuestro proyecto familiar , si estamos de acuerdo en lo fundamental seremos capaces de adaptarnos, juntos, a las circunstancias que faciliten o impidan que se cumplan nuestros planes.

La diferencia es que este “cambio de planes” no se hace cada  uno por su lado, sino unidos; y no rompe la relación, sino que la refuerza y consolida, porque en lo esencial –nos queremos, pase lo que pase- estamos de acuerdo.

 

‘Cambio de planes’

Hoy empecé a andar y sin fijarme
no sé cómo llegué frente a su calle,
pero al notar mi error, al girarme,
miré hacia atrás, sin querer, y vi su imagen.

Y recordé su voz bromeando en las tardes
diciéndome que harás si hay cambio de planes.
Hoy empecé a guardar todas sus cartas,
las fotos que encontré y algunas lágrimas,
pero al tratar de juntar en una caja
todo lo que me dejó olvidé cerrarla.

Y a veces sin querer, cuando todo está en calma
la sombra del dolor asoma su cara.

Y volveré a sentir la oscuridad, a beber la soledad.
Hoy tengo que dejar su castillo en el aire,
pisar el suelo, aceptar un cambio de planes.

 

 

Casarse con la persona ideal

En una de las bodas de la película “Cuatro bodas y un funeral”, el sacerdote (Rowan Atkinson) pregunta: ¿hay alguien que tenga algo que oponer a la celebración de esta boda? Y, en ese momento, el hermano del novio se levanta y dice que el novio no se puede casar… porque está enamorado de otra mujer.

El contrayente sabía que no estaba realmente enamorado de la novia; pero se había dejado llevar a una boda con una chica que –teóricamente- era todo lo que podía desear, aunque no la amaba.

¿Es buena idea casarse con alguien a quien aprecias, con quien compartes educación, gustos, principios… pero al que no amas con locura? Conozco a algunas personas a las que su entorno anima a casarse en estas circunstancias, porque les parece que ya tienen cierta edad, que se van a quedar solas… No me parece un buen consejo, y no es buena idea casarse así. El matrimonio está pensado para parejas de enamorados, que quieren vivir una unión de auténtico y verdadero amor para siempre. Por tanto, si no estás enamorado, te falta un elemento esencial.

Estar enamorado es…

 Estar enamorado es descubrir que hay otra persona en el mundo que hace tu vida mejor, que saca de ti todo lo bueno que tienes dentro; una persona que te hace exclamar ¡qué bueno que existas! y a la que quieres tener cerca todos los días de tu vida. El matrimonio es la decisión de vivir ese amor para siempre.

O sea que el amor matrimonial es un compromiso. Pero el compromiso supone que porque 1- se está muy bien juntos (parte afectiva) y 2- porque nuestra relación tiene sentido (razón), 3- hemos decidido (voluntad) elegirnos mutuamente para siempre. El amor conyugal está compuesto de estos ingredientes, que conviene que estén presentes en el momento del “sí, quiero” y deben mantenerse a lo largo de toda la relación.

Sentimientos, razón y voluntad, integran el compromiso

Tal vez te han presentado a “la persona ideal” que, según tus amigos/padres/hermanos… es tu media naranja. Porque comparte, como decía antes, tu educación, valores, es buena persona, incluso sería un padre/madre fenomenal. Bien, pues ¡daros una oportunidad! Si, al conoceros mejor, además de todo eso con esa persona se te dispara el corazón, te emocionas cuando la ves, estáis a gusto y felices… entonces adelante. Si a pesar de que, sobre el papel es la persona perfecta, no congeniáis; uno de los dos tiene que ceder siempre para amoldarse al otro; no hacéis más que discutir; no os ponéis de acuerdo en lo que queréis; piensas que no es lo que deseas pero que ya llegará… no es la persona con la que establecer un compromiso de un amor definitivo ¡porque no la amas!

Es verdad que en algunas parejas ese amor surge después de la boda, pero no es lo habitual. Y es un asumir un riesgo que no os recomiendo: porque precisamente para comprobar si os queréis, está el noviazgo. Ciertamente para que la relación de noviazgo madure, es necesario aprender a discutir, estar en desacuerdo, llegar a acuerdos, perdonar y ser perdonado… Pero no puede ser lo habitual. Por eso, si la tónica general del noviazgo no es de felicidad, de alegría, de ilusión por estar juntos y por formar ese proyecto de amor juntos… es mejor dejarlo.

¿Entonces, si estamos muy a gusto juntos, es suficiente para casarnos?

No: como decía antes, el amor no es sólo sentimiento. Para formar un proyecto de vida en el amor, es importante que estemos a gusto juntos. Pero, además, tenemos que ver si queremos lo mismo para nuestro proyecto de vida, al menos en los puntos esenciales. Por eso, en el noviazgo hay que hablar de lo que cada uno desearía hacer en la vida: por ejemplo, si a los dos nos gustaría casarnos, entonces aclarar qué es para cada uno el matrimonio ¿Una unión en el amor para siempre, o temporal; fiel o abierta? ¿Queremos lo mismo? Si coincidimos en lo esencial, y eso se suma a que estamos a gusto juntos, las cosas van bien.

Pero no siempre queremos lo mismo. Es posible estar muy a gusto con una persona y que cada uno tengamos preferencias distintas para nuestro proyecto de vida. Por ejemplo, a uno le gustaría formar una familia y para el otro su prioridad es una carrera profesional brillante que le hace dejar de lado formar una familia. ¿Es posible llegar a un acuerdo que satisfaga a los dos? Porque si no, por muy a gusto que estemos al principio, nos iremos distanciando a medida que cada uno vaya dando pasos para lograr lo que quiere. Por tanto, a los sentimientos hay que añadirle la razón: ¿es razonable empeñarnos en sacar adelante una relación en la que cada uno queremos cosas distintas?¿Si tengo que ceder en lo que para mí es fundamental: tiene sentido?¿Realmente es una relación de amor aquella en la que dejo de ser yo para amoldarme a la relación? Es mejor dejarlo en una buena amistad y no empeñarse en casarnos.

El matrimonio es algo muy serio. Y por eso no conviene tomar una decisión a la ligera. Si no es lo que realmente queréis, con esta persona en concreto, no deis el paso. Porque va a ser fuente de sufrimiento y no de felicidad. Y lo digo, consciente de lo difícil que es la soledad cuando uno desea formar una familia. Pero un matrimonio sin amor, no es la solución: no es la persona ideal.

Curso para novios en un mundo necesitado de esperanza

“El matrimonio, una decisión original en un mundo necesitado de esperanza” es el título de la última sesión que me han pedido en un curso de preparación al matrimonio.

¿A qué viene este título? Tiene sentido porque elegir –hoy- el matrimonio es bastante original. Y al elegirlo, afirmar que el amor para siempre es posible es un foco de esperanza en un mundo que no cree que el amor pueda ser definitivo.

Esa incredulidad hace sufrir mucho porque cuando uno de verdad está enamorado desea desde lo más profundo de sí mismo que ese amor sea para siempre (“Si fueras para toda la vida, yo sería la persona más feliz” era el grito de la enamorada cantante de El sueño de Morfeo) y todo le responde que es imposible. El matrimonio “por la Iglesia” es la afirmación de que ese deseo profundo, cuando surge de un amor verdadero, tiene sentido, es real y es posible. Que no hay que tener miedo a elegir un amor así, porque las personas estamos hechas para relaciones definitivas. Y que, aunque haya crisis –inevitables en las relaciones que duran en el tiempo- los elementos que forman el amor comprometido son herramientas para superarlas: un amor que además de los afectos incorpora la razón y desde la libertad elige con la voluntad vivir juntos todos los días de la vida. Como vengan, les haremos frente juntos: lo bueno será aún mejor y lo malo lo superaremos juntos. No es fácil, pero es posible. Y si además se pone ese compromiso de amor en manos del Amor mismo, Él se hace presente fortaleciendo la unión de los amantes para que sea, progresivamente, imagen (sacramento) de su Amor: fiel, fecundo, para siempre.

Sobre el noviazgo (2)

En el último post ( http://www.estaporvenir.com/sobre-el-noviazgo-1/ ) decíamos que el noviazgo es un período de preparación para el matrimonio, de conocimiento mutuo: para poder conocernos suficientemente tenemos que hablar mucho, con sinceridad y confianza, poder mostrarnos como somos con libertad.

Para que el noviazgo cumpla su sentido auténtico es fundamental plantearnos qué proyecto de vida queremos tener juntos: no se trata de estar totalmente de acuerdo en todo, eso sería imposible y además haría la relación muy aburrida; pero hay algunos temas que tendrán especial importancia en la convivencia matrimonial y sobre ellos hay que hablar (mucho, con sinceridad y claridad).

Algunas de estas cuestiones que conviene plantearse durante el noviazgo son:

  • ¿Qué concepto tengo del matrimonio? ¿Considero que es una unión en el amor definitiva, fiel, fecunda? ¿O tengo otra idea distinta? En esto hay que ser muy claro para poder tomar la decisión de casarse o de no casarse sin engaños; sabiendo qué puede uno esperar de la unión que el otro le propone.

 

  • ¿Cómo vamos a vivir la sexualidad, la paternidad responsable? ¿Queremos cada uno de nosotros tener hijos, o no? ¿Una familia numerosa o pequeña? ¿Qué pensamos sobre la educación de los hijos? No hace falta llegar a detalles del día a día, pero sí tener una idea clara de qué tipo de formación querríamos darles en casa y el tipo de colegio que elegiríamos para nuestros hijos.

 

  • ¿Qué lugar ocupa en la vida de cada uno y cómo vamos a vivir la espiritualidad? ¿Compartimos creencias religiosas? En caso negativo, ¿hay un respeto hacia las creencias del otro y a cómo vive esas creencias? ¿Hay un mínimo que podamos compartir? ¿Las creencias de uno de los dos constituyen una diferencia que supone tener criterios irreconciliables en aspectos fundamentales como el concepto del matrimonio, la apertura y educación de los hijos, la paternidad responsable, la sexualidad? Si no compartimos creencias: ¿qué vamos a transmitir a nuestros hijos, en qué ideas/principios/valores/prácticas religiosas les vamos a educar?

 

  • ¿Cómo planteamos en adelante las relaciones con las familias de origen y con los amigos y las actividades de ocio? Hay que saber en qué lugar están mis padres, hermanos, amigos… y cómo afecta a nuestra relación el puesto que ocupan en mi vida. ¿Estoy de acuerdo en que la vida matrimonial exige cambios en mis prioridades? ¿Qué pasará si hay que hacer renuncias debido a la evolución de la vida matrimonial? ¿Voy a encajar bien estos cambios o hay otras relaciones familiares, de amistad o actividades de ocio que quiero anteponer a mi relación matrimonial?

 

  • Igualmente hay que tener claro qué lugar ocupa en las prioridades de cada uno el trabajo: ¿es más importante que la familia? Hay que llegar a un equilibrio entre la vida familiar y la vida laboral; pero una vez que se cubren las necesidades familiares básicas, ¿el éxito profesional es para mí más importante que la familia? Y ¿qué consideramos necesidades básicas? ¿Cómo vamos a conciliar vida familiar y laboral?

 

  • También es necesario ponerse de acuerdo en relación con la gestión del dinero: ¿cuentas comunes o separadas? ¿Admitir o no una dependencia económica de las familias de origen? Si uno de los dos se dedica prioritariamente a la atención de la familia ¿cómo le afectará no tener ingresos propios?

 

  • En cuanto a si hay cuestiones no-negociables, concretarlas depende de cada persona: hay cosas que, aunque cuesten, se pueden ir encajando. Otras, que nos producen una ruptura interior, no se pueden aceptar. Por eso en todo esto conviene ser muy sincero y muy claro a lo largo del noviazgo: para que ninguno de los dos vaya al matrimonio engañado. Recordemos que el noviazgo es un tiempo para poder decidir, con libertad, continuar adelante y comprometerse en una relación definitiva (“sí, quiero”) o romper si no es posible un futuro juntos. Ruptura que es un éxito si es lo mejor para ambos (un buen noviazgo no tiene que acabar necesariamente en boda) y no es tirar por la borda el tiempo vivido juntos, si en esa etapa nos hemos ayudado mutuamente a crecer y madurar.

 

Está claro que la vida nos sorprenderá continuamente y no podemos pensar que nuestros planes se van a cumplir exactamente como los hemos pensado. Pero si entre los novios hay un acuerdo de fondo sobre estas cuestiones, será más fácil que no surjan dificultades graves en el matrimonio; porque serán capaces de amoldarse, unidos, a lo que la vida les vaya planteando.

 

 

Sobre el noviazgo (1)

En los últimos días he hablado con un grupo de jóvenes sobre cómo vivir bien noviazgos largos. Comparto aquí lo que comentamos en ese encuentro, pensando que puede ayudar a vivir mejor cualquier noviazgo.

¿Qué es el noviazgo?

El noviazgo es un período de preparación para el matrimonio. Por tanto, no es una etapa definitiva ni hay una “vocación al noviazgo”: la vocación es al matrimonio. Lo que caracteriza al noviazgo es que (1) es transitorio, (2) es un tiempo para el conocimiento mutuo y debe servir (3) para alcanzar una decisión libre y madurada -> seguir adelante y casarse; o romper la relación. Porque en el noviazgo, a diferencia del matrimonio, todavía no hay un compromiso definitivo. Y no todo noviazgo debe terminar en boda: un noviazgo bueno, un noviazgo logrado será el que nos permita llegar a tomar la decisión que sea mejor para los dos; en unos casos será continuar pero en otros será romper.

Para pasar del enamoramiento inicial a poder llegar a un compromiso matrimonial, hace falta tiempo y conocerse ( http://www.estaporvenir.com/atraccion-enamoramiento-amor-comprometido/ ); ¿cuánto tiempo hace falta? No hay una receta única: el suficiente para conocer al otro (y a uno mismo) y para saber qué proyecto de vida estamos planteándonos juntos. Que sea largo no necesariamente significa que los novios se conozcan bien ni que tomen correctamente la decisión de casarse. Por ejemplo:

  • Noviazgos largos pero superficiales: en los que sólo se comparten la diversión, salir de juerga, los aspectos placenteros de la relación. Es posible que estos novios crean sinceramente que están enamorados, y que se casen ilusionados. Pero, al no haber profundizado en la relación, frecuentemente encuentran dificultades para vivir la relación matrimonial, más exigente, para la que no están preparados.
  • Noviazgos largos pero que siguen adelante por comodidad o convencionalismo, porque la boda “es lo lógico, lo que toca después de tanto tiempo” pero no es una opción reflexiva y elegida conscientemente. No se debe contraer matrimonio así, conformándose con una relación a medias que no disgusta pero tampoco puede llenar la vida.
  • Noviazgo largo en el que, en un momento dado, se asumió el compromiso matrimonial, que se considera irrevocable, y se pierde la libertad de decidir si uno quiere seguir adelante o no: es una situación que produce muchas dificultades, sobre todo si uno de los dos tiene clarísimo que se van a casar y el otro no pero no se atreve a decirlo después de tanto tiempo de noviazgo y de que todo el mundo dé por hecho que se van a casar.

En el noviazgo hay que plantearse preguntas y ser sinceros: ¿tenemos un proyecto de vida juntos, queremos casarnos? Si la respuesta es no, hay que romper la relación; alargar en el tiempo algo que sabemos que no tiene futuro sólo causará dolor. Si la respuesta es sí, adquieren sentido los esfuerzos y renuncias que haya que hacer, juntos, para llegar a hacer realidad ese proyecto de vida que queremos; y pasar por momentos buenos y malos es un entrenamiento para la vida matrimonial. Pero esto conlleva madurar y tomar decisiones, y no acomodarse ni limitarse a disfrutar de todas las ventajas del matrimonio (viajar juntos, ¿convivir?, ¿mantener relaciones sexuales?) sin asumir compromisos y responsabilidades. Para evitarlo, conviene plantearse ¿podemos casarnos? De nuevo caben dos respuestas: sí; entonces ¿por qué no os casáis? No: ¿por qué no? ¿hay razones de peso que no os permiten casaros? Si es así, habrá que esperar; pero a veces no se toma la decisión esperando tener aseguradas muchas cosas materiales o por no querer o no atreverse a asumir responsabilidades. Es verdad que la decisión de casarse debe tomarse con sensatez: pero también con valentía.

 

Atracción, enamoramiento, amor comprometido

Esta mañana hablaba de atracción, enamoramiento, de relaciones afectivas con alumnas de Bachillerato. Y pensábamos en voz alta sobre estos aspectos:

El cuerpo es la persona en su visibilidad: es también lo más externo, lo primero que uno ve cuando te conoce (tus características físicas, si eres alto o bajo, guapo o no tanto, qué ropa vistes; los gestos que haces, cómo te comportas…) Todo esto dice cosas de ti. Pero es triste valorar a las personas por la fachada, quedarse en la superficie. Lo que atrae, lo que se ama, es la persona entera y hay que aprender a mirar más allá del aspecto físico.

Un poco más adentro de la persona encontramos lo que pensamos y lo que sentimos. Pero no siempre mostramos externamente nuestros pensamientos y sentimientos. Para compartirlos con alguien necesitamos confianza. Y, a veces, no queremos manifestar externamente lo que pensamos o sentimos; generalmente por sentirnos vulnerables si transparentamos nuestro interior ante alguien que no lo va a entender bien.

En el centro de la persona encontramos el corazón: todos tenemos deseos de ser felices y deseos de relación. El hombre, varón y mujer, es un ser para la relación: las relaciones, los encuentros con otras personas te ayudan a crecer, a adquirir conciencia de lo valioso que eres cuando otra persona aprecia en ti algo bueno. Ahora bien, hay relaciones y relaciones. Hay personas que no aprecian en ti lo que vales; eso no quita la verdad de tu valor, lo que indica es que la otra persona no ha sido capaz de ver en ti lo valioso que eres. Porque sólo desde el amor, quien te quiera, podrá apreciar todo lo bueno que hay en ti.

Y ya que hablamos de amor, podemos encontrar estos ingredientes en el recorrido del corazón:

  1. Atracción: lo que veo en otra persona me gusta, pero me fijo de momento en su aspecto externo. Por eso, la atracción es un primer ingrediente del amor pero no equivale al amor; y te puedes sentir atraído por varias personas al mismo tiempo.
  2. Enamoramiento: ya no me gusta una particularidad física, ahora me gusta toda la persona del otro. Es una dimensión involuntaria del amor: sin saber cómo ni por qué tu corazón y tu mente se encuentran invadidos por una persona que no ha pedido permiso para entrar. No puedes estar enamorado de varias personas a la vez (aunque podrás estarlo de distintas personas sucesivamente)
  3. ¿Es bueno enamorarse? Si te ayuda a estar mejor en casa, a ser más amigo de tus amigos y a centrarte en los estudios, sí. En cambio no es bueno si te aísla del resto de la realidad.
  4. Te quiero: es un paso más. Para pasar de estar enamorado a poder decir te quiero hace falta tiempo y conocerse, poder saber cómo es esa persona que se te coló en el corazón y la cabeza y valorar si hay posibilidad de un futuro juntos.
  5. Amor comprometido: más allá del te quiero está el amor comprometido, que es decir a la otra persona “contigo, en todo, para siempre”. Es distinto querer a una persona y elegir un amor comprometido; porque puedes querer mucho a alguien y no poder comprometerte a un amor definitivo. Por ejemplo, porque no estás preparado para asumir las consecuencias de ese amor (eres muy joven, estás estudiando, no estás preparada/o para acoger la nueva vida que pueda llegar como fruto de ese amor. O sí estás preparado pero aunque quieres mucho a la otra persona ves claro que sois totalmente distintos, que vuestra relación no os ayuda a ninguno de los dos y eliges, con razones fundadas, no seguir adelante)

Porque el amor no es seguir los impulsos de los sentimientos, el amor es maduro cuando lo que sentimos somos capaces de juzgarlo con la razón y de elegirlo con libertad, comprometiendo la voluntad. Los tres elementos son importantes: no es bueno dejarse llevar por los impulsos de los sentimientos, hay que valorar con la razón qué es esto que siento, si es bueno o no para mí y para ti y, una vez que pongo nombre a lo que siento y que la razón me dice sigue adelante (o no sigas), la voluntad ejecuta la decisión tomada.

Otro punto importante es que el ritmo del corazón es distinto al ritmo del cuerpo. Ya hemos dicho que el corazón necesita tiempo, conocerse y confianza para ir pasando por las distintas etapas del amor. El cuerpo, que expresa lo que llevamos en el interior, tiene un ritmo distinto, es mucho más rápido en sus reacciones. Y así resulta que cuando te sientes atraído hacia una persona, el cuerpo puede adelantar varias etapas y sugerirte un gesto que no se corresponde a la atracción sino al amor comprometido (dicho claramente: te gusta un chico/a y el cuerpo te dice –me apetece acostarme con él/ella). Y aquí tenemos una dificultad: que hoy, la norma de comportamiento es “si me apetece”. Pero la libertad no es hacer lo que me apetece, es escoger lo que es un bien verdadero. Y hay que ayudar al cuerpo a acompasar su ritmo al ritmo del corazón, aprender a expresar con los gestos adecuados la verdad que vives en tu corazón. Si estás en un momento en que sientes atracción hacia otra persona y tienes una relación sexual con ella, el gesto que haces con el cuerpo expresa un amor comprometido, definitivo, en todo y para siempre. Y si eso no se corresponde con la verdad del corazón, en la que sólo encontramos atracción (muy lejos del amor comprometido), el cuerpo y el corazón no van al unísono y nos encontramos divididos: decimos con el cuerpo cosas distintas de lo que realmente vivimos. Esto produce heridas en la persona a la que le expresamos físicamente algo que no es verdad. Y deja heridas en uno mismo, porque vivir dividido es muy difícil.

Por eso, recuerda que el amor maduro es el que es capaz de juzgar con la razón lo que siente y de elegirlo desde la libertad comprometiendo la voluntad. Y ordena los gestos del cuerpo para expresar la verdad de lo que vives en el corazón.

 

 

«Nos casamos» ¿de verdad?

foto alfa bien

La reforma del proceso de declaración de nulidad de matrimonio pone encima de la mesa otra reforma pendiente y necesaria: la preparación y admisión al matrimonio. El comentario generalizado «casi todos los matrimonios que se celebran son nulos» no nos puede dejar indiferentes: no podemos celebrar matrimonios que no lo son, eso no es un servicio a la verdad y es además causa de mucho sufrimiento.

Lo que tenemos que hacer es ayudar a los novios a contraer un matrimonio válido. De esta forma, cuando unos novios se acercan a la Iglesia para casarse lo primero que hay que hacer es alegrarse: ¡qué bueno que os queráis! ¡toda la Iglesia se alegra con vosotros de este amor! Pero el paso siguiente es ayudarles a tener claro si, de verdad, saben lo que piden cuando solicitan casarse.

Si lo que los novios quieren vivir es un amor que les lleva a ser una sola carne (no puedo vivir sin ti); siendo especiales y preferidos uno para otro (fiel); siendo un regalo uno para otro, siempre (indisoluble); viviendo de ese amor que da la vida (amor fecundo), entonces ese amor elegido libre, consciente y voluntariamente es un amor matrimonial (que además entre bautizados es sacramento). La Iglesia es testigo y reconoce ese amor matrimonial y debe ser también ayuda para poder vivirlo.

Pero si no lo quieren así, si los novios consideran que alguna de estas características del amor matrimonial no son un don sino una carga, habrá que profundizar para entenderlo antes de poder elegirlo: lo que la Iglesia propone es un camino, las indicaciones para vivir un amor matrimonial auténtico. Esto hay que decirlo claramente: “Novios, si vuestro amor no es así, será un amor distinto, dará lugar a una relación de otro tipo, pero no será matrimonio”

Mi consejo es: si lo tenéis claro, habladlo mucho entre vosotros para que los dos sepáis que cuando habláis de matrimonio habláis de lo mismo. Si tenéis dudas, habladlo mucho: qué dudas tenéis, qué os provoca esas dudas, qué hay que hacer para que las dudas se solucionen… Y, si no queréis un amor así, habladlo también. No os engañéis a vosotros mismos y, sobre todo, no engañéis a la persona que está junto a vosotros decidida a entregaros la vida entera, porque de esto sólo saldrá sufrimiento.

Y pedid a la Iglesia que os acompañe (acompañemos) en el camino, con el tiempo que necesitéis para entender qué es el matrimonio y poder elegirlo libremente; entonces sí, celebrad vuestro matrimonio como un don de amor definitivo ante la Iglesia, testigo de vuestra voluntad de quereros para siempre, y ante Dios que garantiza con su presencia que vuestro amor es verdad.

 

 

 

 

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