Tengo familiares y amigos en el hospital; tengo familiares y amigos muriendo; tengo amigos temiendo recibir esa llamada que confirme el final que habrían querido no escuchar; tengo amigos que han perdido seres queridos, sin poder estar con ellos en la enfermedad y la muerte. Tengo amigos esperando recibir las cenizas de sus padres, sin tener ni el consuelo de poder enterrar a sus muertos. Dejadnos llorar; dejadnos estar tristes; dejadnos tener miedo.

Estamos sufriendo. Todos, en mayor o menor medida, estamos sufriendo. Y está bien transmitir esperanza. Pero que eso no nos impida llorar: necesitamos darnos permiso, a nosotros mismos y a los demás, para llorar y expresar el sufrimiento. A lo largo de este año, en distintos cursos de formación para la prevención y sanación de abusos, he aprendido que el primer paso para sanar las heridas es que la persona que las tiene pueda expresar su sufrimiento. Cuando puede verbalizar el dolor, da el primer paso para curarse. De modo semejante, cuando puedes llorar empieza a salir el dolor acumulado. Sólo poniendo nombre al miedo podemos vencerlo, pero no si lo negamos u ocultamos.

Leo a muchas personas que dicen “todo va a salir bien” y pienso que la verdad es que no; no todo, porque no vamos a recuperar a los que hayamos perdido estos días. Pero podremos salir bien si salimos mejores, que tampoco será algo automático; sólo será posible si encontramos sentido a este sufrimiento y podemos ayudar a otros a encontrarlo. Y lo único que vence siempre es el amor (Juan Pablo II dixit ). Ahora mismo, es un acto de amor dejar a los nuestros llorar, no rechazar la debilidad sino acogerla y ayudarles a poner en manos del Amor su miedo y su dolor, para encontrar consuelo y paz.

Algunos me reprocharán esto, como si fuera falta de esperanza; como si un cristiano no pudiera llorar o tener miedo. Pero no es cierto. El mismo Jesús lloró cuando murió Lázaro; y en Getsemaní, turbado ante la cercanía del sufrimiento que le esperaba. Y es que Jesús está cerca del dolor humano; tan cerca, que sufre con nuestros sufrimientos. Por otro lado, ante Dios hay que presentarse con la verdad. Me ha parecido siempre una enorme falta de respeto pretender “poner una cara” ante El, que no se corresponda a la verdad que uno vive. Si estás hecho polvo, ¿por qué pretender delante de quien es la Verdad que no lo estás? Cuánto mejor darle tus miedos para que Él pueda llevarte del miedo y el llanto a la certeza de que el Amor siempre vence, de que volveremos a vernos, de que todo tiene sentido