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¿A quién se le ocurre hablar de casarse por la Iglesia, hoy?

Este año he acudido a la Feria del Libro, por primera vez al otro lado de la caseta, como autora de “Una decisión original”. Cuando te invitan a participar piensas inmediatamente en el contacto con los lectores; y, sin duda, es la mejor parte de la experiencia: conocer a las personas que se interesan por el libro, ponerles cara, responder a sus preguntas y escuchar sus comentarios. También da un poco de vértigo ¿y si nadie se acerca? Y, al menos en mi caso, vas preparado para una cura de humildad, dispuesto a asumir que no vas a tener éxito y que vas a pasar desapercibido o ignorado.

Pero hay otra parte en la que no piensas de primeras: los comentarios de las personas que pasan por delante del libro y lo desprecian. También es muy educativo, porque duele; y te hace consciente de la cantidad de veces que tú has hecho lo mismo: despreciar algo sin darte cuenta (¿o sí?) de que detrás de ese algo hay alguien a quien el desprecio le duele. Porque no es lo mismo el comentario de quien no comparte tu punto de vista, manifestado desde el respeto, que las risas y las miradas de desprecio que también se dieron.

Es llamativo que los comentarios negativos se referían al subtítulo: “guía para casarse por la Iglesia”, resumidos en “eso no tiene futuro”, “quién escribe algo así, hoy”. Pasado el primer momento, la pregunta es ¿tiene sentido escribir algo así, hoy? ¿tiene futuro proponer casarse por la Iglesia? Y la respuesta, ratificada una y otra vez, es: ¡sí, tiene sentido y tiene futuro! Porque cada vez más recibo consultas de personas con serias heridas afectivas causadas por vivir las relaciones de amor de una forma que no les puede llenar la vida ni llenar el corazón. Por el contrario, recibo también el testimonio de personas que han conocido la verdad de la propuesta de la Iglesia sobre el matrimonio y han empezado un proceso de sanación de las heridas y de afianzarse en el camino de un amor de verdad (que no de novela rosa). Personas que me confían: cuando nos hemos convertido nos hemos empezado a dar cuenta del tesoro que es nuestro matrimonio y hemos empezado a cuidarlo. Y que preguntan cómo pueden formarse para poder proponer a otras parejas la verdad del amor que han conocido.

Y es que la propuesta de la Iglesia sobre el matrimonio no es una imposición, ni algo válido para épocas pasadas: es una propuesta liberadora porque se basa en la verdad del amor. Y sólo la verdad llena el corazón y la vida de las personas. Qué buen día para recordarlo, en la fiesta de santo Tomás Moro que tuvo el valor de defender con su vida la verdad que había conocido y vivido.

Soportar al cónyuge

Desde hace años, siempre que escucho decir que en el matrimonio se trata de “soportar al otro”, me rebelo. Porque el matrimonio no va de soportar, va de querer. Y “soportar” me suena muy negativo, me suena a carga indeseada, a algo que te aplasta y no te puedes quitar de encima, “tú aguanta” aunque no te guste lo que aguantas. O, mejor dicho, a quien aguantas.

 

Pero desde hace una semana he tenido que replantearme las cosas. Leo un artículo de Enrique García-Máiquez (http://www.diariodecadiz.es/opinion/articulos/hermosa-palabra_0_1186981801.amp.html) y me encuentro esto: “soportar, esta bella palabra. Bellísima, y yo no lo sabía”. Y ¡yo tampoco lo sabía! Pero ciertamente Enrique tiene razón cuando dice que “»soportar» debe de ser dar apoyo, sostener, elevar”. Visto así, no me queda más remedio que rendirme y reconocer que estoy equivocada: sin duda, mi marido me soporta porque me apoya, sostiene y eleva. Y espero que él pueda decir lo mismo. Así que el amor conyugal también es soportar,  y yo no lo sabía; creo que nunca me he alegrado tanto de estar equivocada.

Sobre el noviazgo (2)

En el último post ( http://www.estaporvenir.com/sobre-el-noviazgo-1/ ) decíamos que el noviazgo es un período de preparación para el matrimonio, de conocimiento mutuo: para poder conocernos suficientemente tenemos que hablar mucho, con sinceridad y confianza, poder mostrarnos como somos con libertad.

Para que el noviazgo cumpla su sentido auténtico es fundamental plantearnos qué proyecto de vida queremos tener juntos: no se trata de estar totalmente de acuerdo en todo, eso sería imposible y además haría la relación muy aburrida; pero hay algunos temas que tendrán especial importancia en la convivencia matrimonial y sobre ellos hay que hablar (mucho, con sinceridad y claridad).

Algunas de estas cuestiones que conviene plantearse durante el noviazgo son:

  • ¿Qué concepto tengo del matrimonio? ¿Considero que es una unión en el amor definitiva, fiel, fecunda? ¿O tengo otra idea distinta? En esto hay que ser muy claro para poder tomar la decisión de casarse o de no casarse sin engaños; sabiendo qué puede uno esperar de la unión que el otro le propone.

 

  • ¿Cómo vamos a vivir la sexualidad, la paternidad responsable? ¿Queremos cada uno de nosotros tener hijos, o no? ¿Una familia numerosa o pequeña? ¿Qué pensamos sobre la educación de los hijos? No hace falta llegar a detalles del día a día, pero sí tener una idea clara de qué tipo de formación querríamos darles en casa y el tipo de colegio que elegiríamos para nuestros hijos.

 

  • ¿Qué lugar ocupa en la vida de cada uno y cómo vamos a vivir la espiritualidad? ¿Compartimos creencias religiosas? En caso negativo, ¿hay un respeto hacia las creencias del otro y a cómo vive esas creencias? ¿Hay un mínimo que podamos compartir? ¿Las creencias de uno de los dos constituyen una diferencia que supone tener criterios irreconciliables en aspectos fundamentales como el concepto del matrimonio, la apertura y educación de los hijos, la paternidad responsable, la sexualidad? Si no compartimos creencias: ¿qué vamos a transmitir a nuestros hijos, en qué ideas/principios/valores/prácticas religiosas les vamos a educar?

 

  • ¿Cómo planteamos en adelante las relaciones con las familias de origen y con los amigos y las actividades de ocio? Hay que saber en qué lugar están mis padres, hermanos, amigos… y cómo afecta a nuestra relación el puesto que ocupan en mi vida. ¿Estoy de acuerdo en que la vida matrimonial exige cambios en mis prioridades? ¿Qué pasará si hay que hacer renuncias debido a la evolución de la vida matrimonial? ¿Voy a encajar bien estos cambios o hay otras relaciones familiares, de amistad o actividades de ocio que quiero anteponer a mi relación matrimonial?

 

  • Igualmente hay que tener claro qué lugar ocupa en las prioridades de cada uno el trabajo: ¿es más importante que la familia? Hay que llegar a un equilibrio entre la vida familiar y la vida laboral; pero una vez que se cubren las necesidades familiares básicas, ¿el éxito profesional es para mí más importante que la familia? Y ¿qué consideramos necesidades básicas? ¿Cómo vamos a conciliar vida familiar y laboral?

 

  • También es necesario ponerse de acuerdo en relación con la gestión del dinero: ¿cuentas comunes o separadas? ¿Admitir o no una dependencia económica de las familias de origen? Si uno de los dos se dedica prioritariamente a la atención de la familia ¿cómo le afectará no tener ingresos propios?

 

  • En cuanto a si hay cuestiones no-negociables, concretarlas depende de cada persona: hay cosas que, aunque cuesten, se pueden ir encajando. Otras, que nos producen una ruptura interior, no se pueden aceptar. Por eso en todo esto conviene ser muy sincero y muy claro a lo largo del noviazgo: para que ninguno de los dos vaya al matrimonio engañado. Recordemos que el noviazgo es un tiempo para poder decidir, con libertad, continuar adelante y comprometerse en una relación definitiva (“sí, quiero”) o romper si no es posible un futuro juntos. Ruptura que es un éxito si es lo mejor para ambos (un buen noviazgo no tiene que acabar necesariamente en boda) y no es tirar por la borda el tiempo vivido juntos, si en esa etapa nos hemos ayudado mutuamente a crecer y madurar.

 

Está claro que la vida nos sorprenderá continuamente y no podemos pensar que nuestros planes se van a cumplir exactamente como los hemos pensado. Pero si entre los novios hay un acuerdo de fondo sobre estas cuestiones, será más fácil que no surjan dificultades graves en el matrimonio; porque serán capaces de amoldarse, unidos, a lo que la vida les vaya planteando.

 

 

Atracción, enamoramiento, amor comprometido

Esta mañana hablaba de atracción, enamoramiento, de relaciones afectivas con alumnas de Bachillerato. Y pensábamos en voz alta sobre estos aspectos:

El cuerpo es la persona en su visibilidad: es también lo más externo, lo primero que uno ve cuando te conoce (tus características físicas, si eres alto o bajo, guapo o no tanto, qué ropa vistes; los gestos que haces, cómo te comportas…) Todo esto dice cosas de ti. Pero es triste valorar a las personas por la fachada, quedarse en la superficie. Lo que atrae, lo que se ama, es la persona entera y hay que aprender a mirar más allá del aspecto físico.

Un poco más adentro de la persona encontramos lo que pensamos y lo que sentimos. Pero no siempre mostramos externamente nuestros pensamientos y sentimientos. Para compartirlos con alguien necesitamos confianza. Y, a veces, no queremos manifestar externamente lo que pensamos o sentimos; generalmente por sentirnos vulnerables si transparentamos nuestro interior ante alguien que no lo va a entender bien.

En el centro de la persona encontramos el corazón: todos tenemos deseos de ser felices y deseos de relación. El hombre, varón y mujer, es un ser para la relación: las relaciones, los encuentros con otras personas te ayudan a crecer, a adquirir conciencia de lo valioso que eres cuando otra persona aprecia en ti algo bueno. Ahora bien, hay relaciones y relaciones. Hay personas que no aprecian en ti lo que vales; eso no quita la verdad de tu valor, lo que indica es que la otra persona no ha sido capaz de ver en ti lo valioso que eres. Porque sólo desde el amor, quien te quiera, podrá apreciar todo lo bueno que hay en ti.

Y ya que hablamos de amor, podemos encontrar estos ingredientes en el recorrido del corazón:

  1. Atracción: lo que veo en otra persona me gusta, pero me fijo de momento en su aspecto externo. Por eso, la atracción es un primer ingrediente del amor pero no equivale al amor; y te puedes sentir atraído por varias personas al mismo tiempo.
  2. Enamoramiento: ya no me gusta una particularidad física, ahora me gusta toda la persona del otro. Es una dimensión involuntaria del amor: sin saber cómo ni por qué tu corazón y tu mente se encuentran invadidos por una persona que no ha pedido permiso para entrar. No puedes estar enamorado de varias personas a la vez (aunque podrás estarlo de distintas personas sucesivamente)
  3. ¿Es bueno enamorarse? Si te ayuda a estar mejor en casa, a ser más amigo de tus amigos y a centrarte en los estudios, sí. En cambio no es bueno si te aísla del resto de la realidad.
  4. Te quiero: es un paso más. Para pasar de estar enamorado a poder decir te quiero hace falta tiempo y conocerse, poder saber cómo es esa persona que se te coló en el corazón y la cabeza y valorar si hay posibilidad de un futuro juntos.
  5. Amor comprometido: más allá del te quiero está el amor comprometido, que es decir a la otra persona “contigo, en todo, para siempre”. Es distinto querer a una persona y elegir un amor comprometido; porque puedes querer mucho a alguien y no poder comprometerte a un amor definitivo. Por ejemplo, porque no estás preparado para asumir las consecuencias de ese amor (eres muy joven, estás estudiando, no estás preparada/o para acoger la nueva vida que pueda llegar como fruto de ese amor. O sí estás preparado pero aunque quieres mucho a la otra persona ves claro que sois totalmente distintos, que vuestra relación no os ayuda a ninguno de los dos y eliges, con razones fundadas, no seguir adelante)

Porque el amor no es seguir los impulsos de los sentimientos, el amor es maduro cuando lo que sentimos somos capaces de juzgarlo con la razón y de elegirlo con libertad, comprometiendo la voluntad. Los tres elementos son importantes: no es bueno dejarse llevar por los impulsos de los sentimientos, hay que valorar con la razón qué es esto que siento, si es bueno o no para mí y para ti y, una vez que pongo nombre a lo que siento y que la razón me dice sigue adelante (o no sigas), la voluntad ejecuta la decisión tomada.

Otro punto importante es que el ritmo del corazón es distinto al ritmo del cuerpo. Ya hemos dicho que el corazón necesita tiempo, conocerse y confianza para ir pasando por las distintas etapas del amor. El cuerpo, que expresa lo que llevamos en el interior, tiene un ritmo distinto, es mucho más rápido en sus reacciones. Y así resulta que cuando te sientes atraído hacia una persona, el cuerpo puede adelantar varias etapas y sugerirte un gesto que no se corresponde a la atracción sino al amor comprometido (dicho claramente: te gusta un chico/a y el cuerpo te dice –me apetece acostarme con él/ella). Y aquí tenemos una dificultad: que hoy, la norma de comportamiento es “si me apetece”. Pero la libertad no es hacer lo que me apetece, es escoger lo que es un bien verdadero. Y hay que ayudar al cuerpo a acompasar su ritmo al ritmo del corazón, aprender a expresar con los gestos adecuados la verdad que vives en tu corazón. Si estás en un momento en que sientes atracción hacia otra persona y tienes una relación sexual con ella, el gesto que haces con el cuerpo expresa un amor comprometido, definitivo, en todo y para siempre. Y si eso no se corresponde con la verdad del corazón, en la que sólo encontramos atracción (muy lejos del amor comprometido), el cuerpo y el corazón no van al unísono y nos encontramos divididos: decimos con el cuerpo cosas distintas de lo que realmente vivimos. Esto produce heridas en la persona a la que le expresamos físicamente algo que no es verdad. Y deja heridas en uno mismo, porque vivir dividido es muy difícil.

Por eso, recuerda que el amor maduro es el que es capaz de juzgar con la razón lo que siente y de elegirlo desde la libertad comprometiendo la voluntad. Y ordena los gestos del cuerpo para expresar la verdad de lo que vives en el corazón.

 

 

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