Estoy estudiando un informe psicológico dentro de un proceso de nulidad de matrimonio; y me sitúa, de golpe, ante una realidad incómoda: que no todos los matrimonios que se rompen son nulos.

El informe afirma que la falta de una adecuada planificación de estrategias de resolución de conflictos conyugales y la carencia de una mediación externa dio lugar a que los problemas desembocaran en una ruptura que podría haber sido evitada.

Y es no podemos considerar el proceso como la principal solución ante una ruptura matrimonial; nos dejamos por el camino otras ayudas de prevención y de resolución de dificultades conyugales que podrían evitar muchas rupturas. Y que, incluso si no las evitan, ayudan a vivir de otra forma las separaciones. Tenemos por delante mucho camino, hay que acercar la orientación y mediación familiar a las personas, dar respuestas concretas cuando se enfrentan a dificultades en sus relaciones.

Por otro lado, los procesos de nulidad de matrimonio son declarativos; por tanto, si no se prueba que un matrimonio es nulo, la sentencia tendrá que afirmar que no consta la nulidad. Lo sabemos, pero cuesta enfrentarse a esta realidad. Hay varios aspectos que me vienen de golpe a la cabeza:

  • ¿quién y cómo va a notificar al interesado una sentencia negativa?
  • ¿cómo va a reaccionar la persona que está esperando esta sentencia, cuando vea que es contraria a lo que esperaba?
  • ¿estamos preparados para acompañar, humana-psicológica-jurídica y espiritualmente a esta persona?

Creo que no, que no estamos preparados; y es urgente ese acompañamiento (tan de moda pero ¿vacío de contenido concreto?) que a veces es estar callado y escuchar; otras, indicar el camino a seguir; otras, seguir, sostener y dar ánimo (Relatio n.77). Y, siempre, sufrir con quien sufre. Y en los procesos de declaración de nulidad, hay mucho sufrimiento que acompañar.